Juan Manuel Vázquez
Las noches en prisión son profundas como un sueño. Un sueño intranquilo del que se despierta agotado. Las noches y los días se estancan en el tiempo de la prisión. Da igual que sea domingo o lunes o martes en ese pantano monótono donde vive atrapado el ex boxeador Rodolfo El Gato González, detrás del portón gris de una fortaleza color salmón, el Reclusorio Oriente, en Iztapalapa.
Afuera sopla el viento que arrastra el polvo en lo que antes fueron páramos y hoy cubre un populoso barrio; a un costado los autos transitan por el anillo Periférico; adentro hay un laberinto de pasillos angostos, rejas, paredes altas, alambre de púas y controles con guardias, cuyos rifles cuelgan aburridos y amenazantes, como ellos mismos.
La cárcel es un mundo pequeñito, dice El Gato, y cierra un puño lleno de cicatrices; deja un hueco en la palma de la mano. "Es así, otro mundo, distinto al de allá afuera", dice mientras entrecierra un ojo para mirar a través del túnel que forma con su mano. "Aquí todo es angustia, soledad y desesperación", afirma.
"Aquí hay que estar activo para sobrellevar los días; jugar a ignorar la cárcel para no estar pensando tonterías y no estar ahí nomás, acostadillo", señala en entrevista con La Jornada el ex púgil, cuya trampa al tiempo dentro del reclusorio consiste en impartir clases de boxeo.
El gimnasio de El Gato es un patio flanqueado por un bloque gris de paredes descarapeladas –uno de los ocho dormitorios que tiene el reclusorio–, junto a un pasillo oscuro con enrejado azul del que cuelga ropa interior, calcetines y ropa beige reglamentaria. Justo a un costado de una galería de tiendas improvisadas con palos y plásticos, tendederos, más ropa colgada.
Todo el reclusorio parece ropa beige tendida al sol. Ahí, bajo un rótulo con el rostro de David Beckham, El Gato enseña a internos sentenciados o con proceso abierto por diversos delitos los secretos del deporte que lo elevó a la fama durante la década de los 80, cuando estuvo cerca de convertirse en campeón del mundo.
Lo habría conseguido si la desventura de ser El Gato González no lo hubiera perseguido toda la vida.
Crimen "a domicilio"
La madrugada del 5 de octubre de 2007 un hombre yacía muerto en la habitación de una casa de la colonia 20 de Noviembre. El pasillo que conducía a la estancia estaba regado de sangre. Había otro hombre inconsciente en el suelo. Murió horas más tarde. Ambos perdieron la vida a consecuencia de los golpes que recibieron. Uno más había sobrevivido. Ese domicilio pertenecía al ex boxeador Rodolfo El Gato González. La puerta quedó abierta por la premura de la huida.
Cuando la policía llegó, sólo encontró los vestigios de una noche tensa, botellas desperdigadas, una casa revuelta, un cadáver, un hombre agonizante y otro seriamente golpeado pero sin riesgo de muerte.
El Gato, aterrado y todavía con los estragos del alcohol encima, había escapado con lo que llevaba puesto. Durante seis meses estuvo a salto de mata. Con la barba crecida y el pelo largo, vivió como un indigente empujando un carrito con unas cuantas pertenencias. Dormía en las calles, comía lo que le regalaban en los mercados.
–Andaba en la calle todo mugroso, todo chilapastroso, para que no me reconocieran; es feo, porque era El Gato, pero de basurero... después de ser un Garfield –dice en alusión al felino perezoso de las tiras cómicas estadunidenses–, me convertí en gato de basurero –bromea pero sin mostrar algo que pueda confundirse con una sonrisa. Las bromas del ex boxeador saben amargas.
Evadió por un tiempo la cárcel, pero la hostilidad de la vida callejera y la incertidumbre de que tarde o temprano la ley le daría alcance se le hicieron insoportables. En un arrebato de desesperación decidió poner fin a ese calvario y regresó a la casa donde seis meses antes se le descompuso la vida.
La policía hacía guardia, confiada en que un asesino regresa a la escena del crimen: "Yo me presenté solo", confiesa el Gato: "Cuando llegué, luego luego me agarraron". Al otro día los diarios daban la noticia de su arresto, acusado de doble homicidio.
–Me pintan como si fuera un monstruo. Que yo maté a dos, que a tres... si yo no soy Supermán. Es cierto que estuve tomando esa noche, no lo niego; se encontraban en mi casa, de acuerdo; pero como se estaban peleando entre ellos y no pude calmarlos, me fui con mis botellas a beber a otro lado.
"Yo no estuve cuando pasó eso: cuando regresé ya vi todo. ¡Por qué me incriminan!", insiste el Gato con la voz destemplada por repetir tantas veces la misma historia sin éxito. Fue encarcelado y más tarde sentenciado a 30 años de prisión.
“Así, ya para qué salgo: tengo 52 años, ya no tiene caso. Es como si me dieran cadena perpetua, mejor ya me muero… está muy cabrón”, resopla y la voz se le apaga hasta hacerse casi imperceptible. Por primera vez parece un hombre vulnerable, con la mirada perdida en algún punto de sus manos cicatrizadas.
Algunos personajes solo pueden entenderse bajo la luz de ciertos acontecimientos que marcan sus vidas. A Rodolfo González parece que todo se le descompuso en un accidente automovilístico, como si a partir de ese percance, en el que lo dieron por muerto y sus cuatro acompañantes perdieron la vida, también quedara destrozada su fortuna. Desde entonces, y con la temeridad de un felino kamikaze, el Gato gastó cada una de sus siete vidas.
La cartografía del sufrimiento
En Rodolfo González hay un litoral de carne herida, una cartografía de sufrimiento surcada por cicatrices y tatuajes. Accidentes, peleas y mala suerte dejaron huellas en el cuerpo correoso del casi tres veces campeón.
Los grabados en la piel también son marcas de dolor, recuerdos de lo perdido: el nombre de la esposa inquebrantable, los hijos, los padres muertos. Y también los símbolos que representan las fuerzas que lo mantienen vivo: los felinos y los guantes de boxeo. Los ojos del Gato son chicos y negros.
Parecen todavía más pequeños por las cejas aplastadas y casi peladas a golpes en el cuadrilátero; tiene un aspecto de animal desvalido, con esa mirada triste con la que los tigres ven a los visitantes de los zoológicos.
El cabello cortísimo, tipo militar, brilla por las canas. "Antes no tenía, pero en los últimos años, cómo me han salido", dice con un suspiro demasiado largo.
Espera recargado en un pilar del área administrativa del Reclusorio Oriente y de pronto reacciona y se acerca tímidamente: "Gracias por acordarse de mí". Lo dice con una alegría que apenas puede disimular.
En una oficina prestada relata esas historias inverosímiles que cobran absoluto realismo al contrastarlas con el cuerpo lastimado del testigo. Ofrece asiento y ocupa una silla en el despacho con muebles viejos y destartalados. Es demasiado cortés.
El Gato espera con la impaciencia de un niño la oportunidad de contar su vida, o sus vidas, porque la biografía de Rodolfo González está repleta de experiencias anómalas que un ser humano cualquiera no habría sobrevivido. "He tenido suerte", suelta con un optimismo incomprensible el ex peleador que ha mirado siete veces a la muerte: "Creo que ha de ser por algo, por eso estoy vivo".
La resurrección
Era noche de fiesta en la vecindad donde vivía la familia del Gato González, en 1981. Como casi todo boxeador novato tenía una aspiración por la que peleó hasta conseguirla: regalar una casa a su madre. Antes de salir hacia el nuevo domicilio Rodolfo pidió que se organizara una comida para despedirse de los amigos del barrio.
“No se lleve nada –sugirió a su madre–, regale a la gente de la vecindad todo lo que necesiten, que al fin son puras cosas viejitas, allá vamos a llegar con puras nuevas.”
En aquel entonces el único lujo de González era un Mustang amarillo, en el que montó para buscar a cuatro amigos que había invitado a la reunión de despedida, pero en el trayecto de regreso chocó contra un camión pesado.
Los acompañantes murieron al instante. El Gato… aparentemente también. Los servicios de emergencia lo trasladaron a la morgue del hospital de Xoco.
Estuvo en la plancha forense cubierto con una sábana junto a los cadáveres de sus amigos. En esa atmósfera con los olores que recuerdan a la muerte, el padre del boxeador acudió a identificar el cuerpo; le descubrió el rostro y el viejo se deshizo en llanto.
"Sí es, arreglen los papeles para que nos lo llevemos", apenas pudo balbucear. De entre los muertos, el Gato González emitió un profundo y espectral lamento. "¡Ayyyyyy!", apenas se escuchó y el padre del peleador dio la voz de alarma: "¡Esta vivo, está vivo, mi hijo está vivo!"
El milagro no dejó intacto al peleador. Las secuelas fueron demasiado graves: una mano rota por la mitad, luxación de cadera y el primero de varios derrames pulmonares –esta vez en la parte izquierda.
Tardó año y medio en recuperarse y, después de varias cirugías, estuvo listo para volver a subir al cuadrilátero. Quizá la peor parte de este percance fue que a partir de entonces la vida del Gato González se fue cuesta abajo.
Tras el accidente en el que fue dado por muerto la carrera del pugilista parecía que había recuperado el camino: consiguió disputar, aunque sin éxito, el título de los superligeros ante el napolitano Patrizio Oliva, en 1987.
Un año más tarde tuvo la oportunidad que espera todo boxeador: enfrentar a un campeón mundial en la cima del éxito, el estadunidense Roger Mayweather. Todo estaba listo para tocar el parnaso de los que escriben a golpes de puños.
Una semana antes, mientras manejaba su auto rumbo a su casa, sufrió un incidente con un vehículo de transporte colectivo. El Gato descendió de su coche y empezó a discutir con el otro conductor. Las palabras subieron de tono y no tardaron en lanzarse los primeros puñetazos.
Alguien se deslizó sigilosamente hacia la espalda del boxeador y le asestó una puñalada. "Me dejó ir la daga y me atravesó el pulmón izquierdo", dice Rodolfo mientras hace una contorsión para mostrar por dónde el acero entro en su cuerpo: "Dicen que también ya iba muerto; yo no supe nada".
Cuando recobró el conocimiento estaba en el cuarto de un hospital en el que pululaban los reporteros que esperaban la primicia de la muerte del Gato.
“Escribieron que me habían dado 12 puñaladas. Si fue una… sólo con esa tenía”, dice sarcástico y por primera vez su broma lo hace sonreír.
Volar con una moto
A Mayweather lo enfrentó el 22 de octubre de 1988; perdió por decisión. Tal vez con la decepción de quedarse a medio camino del éxito, poco después manejaba completamente borracho su motocicleta.
Señala que quería volar, en un acto desesperado por alcanzar la gloria que se le negó en el boxeo. No vio cuando se le cruzó el autobús de pasajeros contra el que estrelló la moto. El Gato salió rebotando como una pelota de carne. Otra vez la sirenas de emergencia y los trayectos en ambulancia.
"Todavía el chofer me estaba cobrando una lámina que se rompió. Sólo tuve derrame pulmonar; ahora en el derecho", dice aliviado ante el descanso del maltratado pulmón izquierdo.
La muerte y la resurrección del pugilista continuó en episodios que ponen a prueba la imaginación más desaforada. Con esos antecedentes de que a cada paso al Gato podía sobrevenirle el apocalipsis, la prudencia debió ser su arma de supervivencia.
No para Rodolfo. Sólo a él le pareció una buena idea subir seis metros para atrapar un pequeño loro para regalar a su madre, aunque algunos aseguran que su verdadera intención era robar los huevos de un nido de pájaro.
Llegó a la cima. La rama en la que se sostenía no resistió y con un crujido estrepitoso se vino abajo. Terminó en el pavimento, inconsciente y tendido en un charco de sangre.
¿Y qué creen? Otra vez derrame pulmonar.
El Gato sabe que ya resulta increíble cada anécdota que sale de la bolsa turbia de su pasado y estalla en una carcajada: "Fue del lado izquierdo... ah, no es cierto, fue del derecho. ¡Siempre los pulmones! Yo creo que, al final, de eso me voy a morir, ¿verdad?"
Le llovía la mala fortuna
De eso o del vidrio que literalmente le cayó del cielo, cuando una daga transparente se desprendió de una ventana y estuvo a punto de matarlo. Una cicatriz de más de 20 centímetros en un costado le revive el incidente. "No, mi vida era un de-sas-tre", remarca mientras sacude la cabeza como si tampoco él pudiera creerlo.
Para el Gato hasta un día de supermercado era potencialmente una situación de riesgo. En 1990, durante un asalto recibió un balazo en la rodilla mientras hacía las compras en Aragón
"Cuando intenté caminar me salió un chorro de sangre. Estaba quieto, sin decir nada porque me preocupaba que mi familia estuviera espantada."
Hace una pausa, porque cuando habla de su familia las palabras se le atragantan. El dolor le recuerda de pronto que una broma en 1995, conduciendo un Corvette a gran velocidad en la carretera, terminó en una volcadura. En el auto viajaba su familia. Todos salieron ilesos.
Dice que fue buena suerte, porque a pesar de todo cree en ella. Lo expresa con su colección de amuletos y objetos que lo acompañan. Un dije con la cabeza de un tigre de jade, del que supone recibe la fuerza y agilidad de un felino, collares de santería y, sobre todo, el tatuaje de un trébol de cuatro hojas.
–¿Cómo entender la idea de la buena suerte con una biografía como la suya?
"Pues por eso. Creo que si no tuviera buena suerte... ya estaría muerto, ¿no?", indica mientras acomoda en su billetera la oración del justo juez. En la tarjeta se lee: "Las personas que cargan este cuadernillo serán liberadas de cualquier peligro en que se vean".
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sábado, 15 de enero de 2011
Ocho tesis y muchas preguntas
Paco Ignacio Taibo II
Hace más de tres años el hombre que dirige desde Los Pinos los destinos de esta nación declaró una guerra contra los cárteles mexicanos de la droga. Al paso del tiempo los mexicanos habíamos aportado a esta guerra más de 31 mil muertos, según cifras oficiales, un número incontable de heridos, varias de las grandes ciudades del país (Ciudad Juárez, Chihuahua, Monterrey, Tampico, Morelia, Culiacán, Mazatlán) viviendo bajo el miedo y en virtual estado de sitio, regiones abandonadas por su habitantes, zonas rurales que son tierra de nadie, carreteras federales intransitables, 17 estados de la República en crisis profunda de inseguridad, más de un millar de quejas ante las comisiones de derechos humanos (y esas son las que se hacen públicas, porque el miedo impide que se conozca más allá de la punta del iceberg) por violaciones, secuestros, chantajes, cateos ilegales, robos y todo tipo de abusos producidos por las fuerzas policiacas, el Ejército y en menor medida por la Marina, barrios urbanos y zonas industriales en los que no entran inspectores de Hacienda o de salubridad, porque el narco es el Estado.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Cómo puede detenerse esta inercia antes de que México se desvanezca en medio del miedo y el terror en un holocausto repleto de cabezas cortadas, tiroteos donde los ciudadanos inocentes son "bajas colaterales", policías que entran a la casa rompiendo la puerta y se roban el queso que hay sobre la mesa, cárceles donde impera la mafia y se tortura sistemáticamente, declaraciones oficiales de avances y éxitos que ya ni los niños de la gran burguesía urbana se creen, fábricas y talleres que cierran, madres asesinadas por protestar por el asesinato de sus hijas?
Primera. Calderón pactó el inicio de esta guerra con el presidente Bush, ni siquiera con el entonces recién llegado Obama. Y la pactó en términos de ofrecerla en bandeja. Y la pactó en condiciones absurdas. La guerra contra el narco no era, no debería ser, una guerra mexicana, porque era, es en esencia, una guerra estadunidense, generada por el mayor consumo de droga a escala planetaria, el que se producía dentro del territorio de Estados Unidos. Así, la propuesta mexicana no debió haber pasado de una oferta de apoyo a una guerra que debería librarse en territorio gringo, combatiendo las redes de distribución, las estructuras financieras, controlando la frontera. En su territorio, no en el nuestro. Pero no fue así. En tres años no ha habido más de media docena de operaciones importantes de aquel lado de la frontera, mientras que de éste se ha desatado la más sangrienta de las confrontaciones que hemos tenido los mexicanos desde la guerra cristera.
Imágenes. Logro descubrir leyendo todos los periódicos locales de Acapulco los supuestos, los previos oficios, de los 15 hombres aparecidos sin cabeza: son dos adolescentes, un lavacoches, un chofer de recogida de basura, un mecánico, dos desempleados, un policía municipal, tres albañiles; las infanterías del cártel de Acapulco masacradas por el grupo del Chapo Guzmán (según dicen cartulinas encontradas a su vera) por el control de la plaza.
Segunda. Al gobierno de Calderón le tomó un año pedir a los estadunidenses el control del tráfico de armas, y desde que lo pidió no ha obtenido resultados. Según cifras oficiales, cerca de 50 mil armas largas (ojo con esto de las cifras oficiales: ¿quién las contó?), municiones, lanzacohetes, ametralladoras pesadas, han entrado a México para proporcionar a las mafias un poder de fuego muy superior al de las fuerzas armadas. Hoy cualquier achichincle de un narco puede seguir comprando municiones para un cuerno de chivo en una tlapalería en Houston. Las balas que matan a mexicanos se venden alegremente en Estados Unidos.
Tercera. Antes de iniciar una guerra, y no hay que leer a Sun Tzu o a Federico Engels para saberlo, el Estado debería contar con una labor de inteligencia sólida. ¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Cuáles son sus nexos? ¿Cómo es su estructura financiera? Mil y un preguntas que necesitaban respuestas. Hoy sabemos que al momento de iniciarse la guerra de Calderón contra el narco toda, o buena parte de la estructura de inteligencia del Estado mexicano estaba en manos de facciones del propio narco, que utilizando a jefes policiacos del más alto nivel dirigieron las operaciones contra bandas rivales, agitando un avispero de venganzas que parece no tener fin. ¿Qué tanto de su aparato policiaco trabajaba para el enemigo? Directores de la policía, de las agencias contra el crimen organizado, la SIEDO, comandantes de la AFI, subprocuradores… A la fecha, el Estado mexicano aún no lo sabe o no quiere saberlo. A la fecha, la "inteligencia estatal" está filtrada, distorsionada, fragmentada; resulta (sobre todo de la lectura de sus comunicados) absolutamente incoherente.
Cuarta. El sistema judicial está podrido. Lleva muchos, muchos años estándolo. Agentes del Ministerio Público descalificados, jueces corruptos, ineficiencia absoluta cuando no complicidad declarada con el crimen. Con una estructura como esa no se podía ir a la guerra. ¿Cuántos delincuentes han sido dejados libres en estos pasados tres años? ¿Cuántos han recibido condenas intrascendentes respecto de la magnitud de sus crímenes? Pepe Reveles narraba el otro día en una mesa redonda que los que le entregaban los cadáveres al Pozolero (y hablamos de más de un centenar de muertos) pronto saldrán en libertad, porque el Ministerio Público sólo pudo acusarlos de tenencia de armas y posesión de drogas a causa de una investigación mal integrada. Reina un caos maligno, como habitualmente reinaba en la justicia mexicana, paraíso del accidente y la casualidad. Vivimos en un territorio de rezago de indagaciones, expedientes confusos, sin investigación científica, ausencia de un banco nacional de huellas digitales, inexistencia de un concentrado de la información de todas las agencias policiacas del país ¿Cuántas veces hemos leído en la prensa que el detenido había estado en la cárcel recientemente? ¿Quién lo soltó?
Quinta. En la cárcel de Torreón la directora torturaba a los presos. En otra cárcel las bandas tenían permiso para salir de noche para ejecutar rivales, en otras 10 prisiones se han producido fugas masivas. Hay denuncias sobre el control y los privilegios que las mafias tienen sobre todas las prisiones, incluso las de alta seguridad. Han sido despedidos más de una docena de directores de cárceles en los meses recientes. ¿Ha cambiado la situación interna? Sin la previa depuración del sistema carcelario, no se podía ir a la guerra.
Imágenes. La más aterradora de las anécdotas: en Torreón un hombre se detiene en el semáforo. Cuando se pone la luz verde ante él, el coche que lo precede está detenido. Va a tocar el claxon y duda. No son tiempos para andar tocando el claxon. La circulación está parada. Transcurre un nuevo espacio de tiempo con el semáforo nuevamente en rojo. Se decide y baja del coche, amablemente les pregunta a los del auto parado si puede ayudarlos en algo. El chofer le enseña una pistola y le ofrece 200 pesos. “Se ve que usted es gente decente, acabo de perder una apuesta con este güey [y señala a su copiloto, que muestra una Uzi muy sonriente] que usted nos tocaba el claxon y yo le pegaba un tiro. Es su día de suerte, amigo.” El coche arranca. El hombre amable se queda ahí, sudando frío.
Paquetes de dólares
Sexta. Conan Doyle en la boca de Sherlock Holmes solía decir que cuando una historia no estaba clara “follow the money”, hay que seguir el dinero, el rastro económico. El narcotráfico, como lo fue el contrabando de alcohol en Estados Unidos durante la era de la prohibición, o el robo de coches en México, es un negocio criminal, sigue reglas de un mercado semivisible, tiene inversiones, está sujeto a la producción y la distribución. Una parte del dinero, millones de millones de dólares, se moverá prosaicamente en paquetes de billetes verdes envueltos en papel periódico y en maletas Samsonite, pero otra parte, quizá la más importante, se convierte en inversiones, casas, automóviles de lujo, oficinas, hoteles, tiendas, restaurantes… En la era de Caro Quintero una colonia en Ciudad Juárez llamada burlonamente Disneylandia, estaba repleta de mansiones extravagantes: castillos de La Cenicienta, mansiones californianas, material chafa de Las mil y una noches, pagodas budistas. Todo el mundo en la ciudad sabía que era territorio del narco. El dinero es visible. ¿Y la ruta, las rutas que descienden desde Estados Unidos no lo son? El SAT está muy preocupado por cobrar los impuestos a cualquier gringo que se descuide y ¿no es capaz de detectar los millones que bajan desde el otro lado de la frontera? El gobierno mexicano ha puesto miles de trabas bancarias a los ciudadanos para mover su dinero, pero no ha abierto una macroinvestigación sobre las operaciones bancarias que acompañan este gran dinero de las mafias. En los cientos de decomisos, cateos, detenciones, ¿no han aparecido chequeras, cuentas bancarias, huellas y rastros? ¿Por qué no se habla de esto nunca? ¿Por qué el gobierno mexicano no ha pedido a Estados Unidos operaciones financieras que bloqueen el flujo de dinero al narcotráfico? Sin una investigación financiera sólida y un pacto bilateral con los estadunidenses para el bloqueo del dinero del narco, no se podía ir a la guerra.
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Efectivos del Ejército vigilan una casa de la colonia Lomas de Casa Blanca, en Jalapa, donde se produjo el enfrentamiento entre militares y presuntos delincuentes que dejó un saldo de 14 muertos este viernesFoto Reuters
Imágenes. Un gerente del Santander informaba hace dos años a su jefe regional que estaba recibiendo dinero no muy claro, como respuesta recibió un money is money.
Séptima. Un convoy del Ejército en La Laguna se dirige a una cárcel de alta seguridad: están transportando a un preso importante. Como no conocen la zona les han puesto una patrulla de la policía local al frente y otra en la cola. Al llegar a un semáforo la patrulla se detiene. Enciende y apaga las luces tres veces y luego se fuga a 150 kilómetros por hora. La patrulla de la cola hace lo mismo en reversa. De los callejones salen hombres armados que disparan contra los militares. Las patrullas no han vuelto a aparecer en la escena pública, tampoco los patrulleros, que se han desvanecido en esta gran nada informativa que es la guerra de Calderón. Entre Monterrey y Tampico una caravana de camionetas de renta que regresaban de un servicio son desviadas por la policía hacia una brecha, un camino rural. Al final del tramo un grupo de zetas armados con ametralladoras los están esperando. Los choferes serán torturados y robados. Hoy sabemos, gracias a las declaraciones de los testigos protegidos, que durante años altos mandos de la policía escoltaron los transportes de droga y protegieron como escoltas a los capos. Pero no sólo la policía, las policías, muchos policías, actúan en colaboración, apoyan, informan, protegen al narco, el Estado lo ha abastecido de cuadros. Uno de cada tres detenidos, se puede leer día a día en los periódicos, es un policía o un ex policía, un militar. Hace años en Tijuana pregunté al director de un diario por qué en días recientes se habían matado a tiros entre ellos una docena de policías en un choque entre bandas rivales. Me respondió que resulta más barato contratar a un poli que entrenar a un sicario. ¿Cómo es posible que el Ejército Mexicano (y el estadunidense) haya entrenado a un cuerpo entero de elite militar que luego se pasa en bloque para constituir la esencia de Los Zetas. Si los mexicanos lo sabíamos, si sabíamos que la delincuencia era policiaca en millares de casos, ¿no lo sabía el Estado mexicano? ¿Es posible ocultar cuando tu salario pasa de 15 mil pesos al mes a 250 mil? ¿Cuántas horas de investigación económica resistiría un agente de la policía antes de descubrir que tiene seis casas en fraccionamientos del estado de México? ¿Hay alguien en México que sepa interpretar la lectura de un polígrafo, el vulgarmente llamado detector de mentiras? ¿O el Estado mexicano no se atreve a usarlo ante el riesgo de que se muestre que la mayoría de sus agentes mienten? ¿La mayoría? ¿10 por ciento? ¿90 por ciento? ¿Hay algún polígrafo funcionando en alguna dependencia policiaca del país? ¿O se ha vendido para comprar refrescos y gansitos marinela en el Oxxo más cercano? Todo nace de unas fuerzas del orden cuya moral está pervertida. Y esta es una vieja historia mexicana, que adquiere su mayor nivel durante el alemanismo. Su clave es la impunidad. Los mexicanos sabemos que históricamente la policía y el Ejército no son una fuerza de orden sino una fuerza criminal semilegalizada, represiva. Sabiéndolo el gobierno Calderón como debería saberlo (no podemos presumir ese grado de estupidez que llegaría a lo inverosímil), ¿cómo se atrevió a lanzar una guerra contra el narco con ese material humano? Una guerra que no sólo no se podía ganar, sino que ni siquiera podía empezarse sin haber limpiado antes las fuerzas del orden. ¿Pero cómo limpiarlas sin debilitar al mismo tiempo la esencia represiva del propio Estado mexicano? Un general retirado me contaba que no tenía duda de que en el Ejército había un centenar de capitanes y mayores honestos, pero que no estaban cerca de la toma de decisiones. No se podía lanzar una guerra contra el narco con este material humano. No hay posibilidad alguna de variar la situación mientras la moral dominante en las "fuerzas del orden" sea la que hoy es.
Imágenes. Cualquier ciudadano con un celular puede grabarlas, en la carretera de Tampico a Matamoros circulan convoyes de cuatro o cinco camionetas negras, traen pintado en el costado con spray las siglas CG, cártel de Golfo.
Empresas que cobran protección
Octava. Hoy el narco no sólo es una docena de grupos armados que controla una de las más importantes fuentes económicas del país. Son empresas que cobran protección, por ejemplo, a todos los comerciantes de Cancún. Son el control de todos los vendedores ambulantes de Monterrey. Son la justicia en zonas enteras de Michoacán donde La Familia reprime a maridos abusadores y deudores perniciosos (léanse las notas de Arturo Cano en La Jornada). Son los controles en carreteras federales que cobran peajes. Son los que le ofrecieron (y le cumplieron) a un restaurantero en Ciudad Juárez que si pagaba protección, no más inspectores de salubridad ni requerimientos de Hacienda. Son los controladores de la red de tráfico humano y secuestros más grande del planeta. Son los que ofrecen empleo bien pagado a millares de jóvenes de las pandillas de las zonas fronterizas. Son en una parte muy grande nuestro país, el nuevo Estado. Y un Estado que sustituye a otro Estado basado en el abuso, la corrupción. Un mecánico de banqueta en Chihuahua paga al narco 200 pesos a la semana por el uso de la acera, antes le pagaba de mordida 300 a la policía. Tal para cual. ¿Por qué habría de estar en la cárcel un capo si no lo está el que cometió un fraude electoral que robó a la nación su destino, ni lo está el que con su modesto salario de funcionario compró tres castillos en Francia? Mientras el Estado mexicano no pueda garantizar a sus ciudadanos una relación honesta no se puede librar una guerra contra el narco.
Imágenes. Unos niños en una foto en la primera página de La Jornada muestran un cartel que dice: "Queridos Reyes Magos, no queremos la guerra de Calderón." Pero no basta con no quererla, hay que detenerla. Y eso significa, antes de otra cosa, resolver, entre otros, los ocho problemas que aquí se enuncian.
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Hace más de tres años el hombre que dirige desde Los Pinos los destinos de esta nación declaró una guerra contra los cárteles mexicanos de la droga. Al paso del tiempo los mexicanos habíamos aportado a esta guerra más de 31 mil muertos, según cifras oficiales, un número incontable de heridos, varias de las grandes ciudades del país (Ciudad Juárez, Chihuahua, Monterrey, Tampico, Morelia, Culiacán, Mazatlán) viviendo bajo el miedo y en virtual estado de sitio, regiones abandonadas por su habitantes, zonas rurales que son tierra de nadie, carreteras federales intransitables, 17 estados de la República en crisis profunda de inseguridad, más de un millar de quejas ante las comisiones de derechos humanos (y esas son las que se hacen públicas, porque el miedo impide que se conozca más allá de la punta del iceberg) por violaciones, secuestros, chantajes, cateos ilegales, robos y todo tipo de abusos producidos por las fuerzas policiacas, el Ejército y en menor medida por la Marina, barrios urbanos y zonas industriales en los que no entran inspectores de Hacienda o de salubridad, porque el narco es el Estado.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Cómo puede detenerse esta inercia antes de que México se desvanezca en medio del miedo y el terror en un holocausto repleto de cabezas cortadas, tiroteos donde los ciudadanos inocentes son "bajas colaterales", policías que entran a la casa rompiendo la puerta y se roban el queso que hay sobre la mesa, cárceles donde impera la mafia y se tortura sistemáticamente, declaraciones oficiales de avances y éxitos que ya ni los niños de la gran burguesía urbana se creen, fábricas y talleres que cierran, madres asesinadas por protestar por el asesinato de sus hijas?
Primera. Calderón pactó el inicio de esta guerra con el presidente Bush, ni siquiera con el entonces recién llegado Obama. Y la pactó en términos de ofrecerla en bandeja. Y la pactó en condiciones absurdas. La guerra contra el narco no era, no debería ser, una guerra mexicana, porque era, es en esencia, una guerra estadunidense, generada por el mayor consumo de droga a escala planetaria, el que se producía dentro del territorio de Estados Unidos. Así, la propuesta mexicana no debió haber pasado de una oferta de apoyo a una guerra que debería librarse en territorio gringo, combatiendo las redes de distribución, las estructuras financieras, controlando la frontera. En su territorio, no en el nuestro. Pero no fue así. En tres años no ha habido más de media docena de operaciones importantes de aquel lado de la frontera, mientras que de éste se ha desatado la más sangrienta de las confrontaciones que hemos tenido los mexicanos desde la guerra cristera.
Imágenes. Logro descubrir leyendo todos los periódicos locales de Acapulco los supuestos, los previos oficios, de los 15 hombres aparecidos sin cabeza: son dos adolescentes, un lavacoches, un chofer de recogida de basura, un mecánico, dos desempleados, un policía municipal, tres albañiles; las infanterías del cártel de Acapulco masacradas por el grupo del Chapo Guzmán (según dicen cartulinas encontradas a su vera) por el control de la plaza.
Segunda. Al gobierno de Calderón le tomó un año pedir a los estadunidenses el control del tráfico de armas, y desde que lo pidió no ha obtenido resultados. Según cifras oficiales, cerca de 50 mil armas largas (ojo con esto de las cifras oficiales: ¿quién las contó?), municiones, lanzacohetes, ametralladoras pesadas, han entrado a México para proporcionar a las mafias un poder de fuego muy superior al de las fuerzas armadas. Hoy cualquier achichincle de un narco puede seguir comprando municiones para un cuerno de chivo en una tlapalería en Houston. Las balas que matan a mexicanos se venden alegremente en Estados Unidos.
Tercera. Antes de iniciar una guerra, y no hay que leer a Sun Tzu o a Federico Engels para saberlo, el Estado debería contar con una labor de inteligencia sólida. ¿Quiénes son? ¿Dónde están? ¿Cuáles son sus nexos? ¿Cómo es su estructura financiera? Mil y un preguntas que necesitaban respuestas. Hoy sabemos que al momento de iniciarse la guerra de Calderón contra el narco toda, o buena parte de la estructura de inteligencia del Estado mexicano estaba en manos de facciones del propio narco, que utilizando a jefes policiacos del más alto nivel dirigieron las operaciones contra bandas rivales, agitando un avispero de venganzas que parece no tener fin. ¿Qué tanto de su aparato policiaco trabajaba para el enemigo? Directores de la policía, de las agencias contra el crimen organizado, la SIEDO, comandantes de la AFI, subprocuradores… A la fecha, el Estado mexicano aún no lo sabe o no quiere saberlo. A la fecha, la "inteligencia estatal" está filtrada, distorsionada, fragmentada; resulta (sobre todo de la lectura de sus comunicados) absolutamente incoherente.
Cuarta. El sistema judicial está podrido. Lleva muchos, muchos años estándolo. Agentes del Ministerio Público descalificados, jueces corruptos, ineficiencia absoluta cuando no complicidad declarada con el crimen. Con una estructura como esa no se podía ir a la guerra. ¿Cuántos delincuentes han sido dejados libres en estos pasados tres años? ¿Cuántos han recibido condenas intrascendentes respecto de la magnitud de sus crímenes? Pepe Reveles narraba el otro día en una mesa redonda que los que le entregaban los cadáveres al Pozolero (y hablamos de más de un centenar de muertos) pronto saldrán en libertad, porque el Ministerio Público sólo pudo acusarlos de tenencia de armas y posesión de drogas a causa de una investigación mal integrada. Reina un caos maligno, como habitualmente reinaba en la justicia mexicana, paraíso del accidente y la casualidad. Vivimos en un territorio de rezago de indagaciones, expedientes confusos, sin investigación científica, ausencia de un banco nacional de huellas digitales, inexistencia de un concentrado de la información de todas las agencias policiacas del país ¿Cuántas veces hemos leído en la prensa que el detenido había estado en la cárcel recientemente? ¿Quién lo soltó?
Quinta. En la cárcel de Torreón la directora torturaba a los presos. En otra cárcel las bandas tenían permiso para salir de noche para ejecutar rivales, en otras 10 prisiones se han producido fugas masivas. Hay denuncias sobre el control y los privilegios que las mafias tienen sobre todas las prisiones, incluso las de alta seguridad. Han sido despedidos más de una docena de directores de cárceles en los meses recientes. ¿Ha cambiado la situación interna? Sin la previa depuración del sistema carcelario, no se podía ir a la guerra.
Imágenes. La más aterradora de las anécdotas: en Torreón un hombre se detiene en el semáforo. Cuando se pone la luz verde ante él, el coche que lo precede está detenido. Va a tocar el claxon y duda. No son tiempos para andar tocando el claxon. La circulación está parada. Transcurre un nuevo espacio de tiempo con el semáforo nuevamente en rojo. Se decide y baja del coche, amablemente les pregunta a los del auto parado si puede ayudarlos en algo. El chofer le enseña una pistola y le ofrece 200 pesos. “Se ve que usted es gente decente, acabo de perder una apuesta con este güey [y señala a su copiloto, que muestra una Uzi muy sonriente] que usted nos tocaba el claxon y yo le pegaba un tiro. Es su día de suerte, amigo.” El coche arranca. El hombre amable se queda ahí, sudando frío.
Paquetes de dólares
Sexta. Conan Doyle en la boca de Sherlock Holmes solía decir que cuando una historia no estaba clara “follow the money”, hay que seguir el dinero, el rastro económico. El narcotráfico, como lo fue el contrabando de alcohol en Estados Unidos durante la era de la prohibición, o el robo de coches en México, es un negocio criminal, sigue reglas de un mercado semivisible, tiene inversiones, está sujeto a la producción y la distribución. Una parte del dinero, millones de millones de dólares, se moverá prosaicamente en paquetes de billetes verdes envueltos en papel periódico y en maletas Samsonite, pero otra parte, quizá la más importante, se convierte en inversiones, casas, automóviles de lujo, oficinas, hoteles, tiendas, restaurantes… En la era de Caro Quintero una colonia en Ciudad Juárez llamada burlonamente Disneylandia, estaba repleta de mansiones extravagantes: castillos de La Cenicienta, mansiones californianas, material chafa de Las mil y una noches, pagodas budistas. Todo el mundo en la ciudad sabía que era territorio del narco. El dinero es visible. ¿Y la ruta, las rutas que descienden desde Estados Unidos no lo son? El SAT está muy preocupado por cobrar los impuestos a cualquier gringo que se descuide y ¿no es capaz de detectar los millones que bajan desde el otro lado de la frontera? El gobierno mexicano ha puesto miles de trabas bancarias a los ciudadanos para mover su dinero, pero no ha abierto una macroinvestigación sobre las operaciones bancarias que acompañan este gran dinero de las mafias. En los cientos de decomisos, cateos, detenciones, ¿no han aparecido chequeras, cuentas bancarias, huellas y rastros? ¿Por qué no se habla de esto nunca? ¿Por qué el gobierno mexicano no ha pedido a Estados Unidos operaciones financieras que bloqueen el flujo de dinero al narcotráfico? Sin una investigación financiera sólida y un pacto bilateral con los estadunidenses para el bloqueo del dinero del narco, no se podía ir a la guerra.
Foto
Efectivos del Ejército vigilan una casa de la colonia Lomas de Casa Blanca, en Jalapa, donde se produjo el enfrentamiento entre militares y presuntos delincuentes que dejó un saldo de 14 muertos este viernesFoto Reuters
Imágenes. Un gerente del Santander informaba hace dos años a su jefe regional que estaba recibiendo dinero no muy claro, como respuesta recibió un money is money.
Séptima. Un convoy del Ejército en La Laguna se dirige a una cárcel de alta seguridad: están transportando a un preso importante. Como no conocen la zona les han puesto una patrulla de la policía local al frente y otra en la cola. Al llegar a un semáforo la patrulla se detiene. Enciende y apaga las luces tres veces y luego se fuga a 150 kilómetros por hora. La patrulla de la cola hace lo mismo en reversa. De los callejones salen hombres armados que disparan contra los militares. Las patrullas no han vuelto a aparecer en la escena pública, tampoco los patrulleros, que se han desvanecido en esta gran nada informativa que es la guerra de Calderón. Entre Monterrey y Tampico una caravana de camionetas de renta que regresaban de un servicio son desviadas por la policía hacia una brecha, un camino rural. Al final del tramo un grupo de zetas armados con ametralladoras los están esperando. Los choferes serán torturados y robados. Hoy sabemos, gracias a las declaraciones de los testigos protegidos, que durante años altos mandos de la policía escoltaron los transportes de droga y protegieron como escoltas a los capos. Pero no sólo la policía, las policías, muchos policías, actúan en colaboración, apoyan, informan, protegen al narco, el Estado lo ha abastecido de cuadros. Uno de cada tres detenidos, se puede leer día a día en los periódicos, es un policía o un ex policía, un militar. Hace años en Tijuana pregunté al director de un diario por qué en días recientes se habían matado a tiros entre ellos una docena de policías en un choque entre bandas rivales. Me respondió que resulta más barato contratar a un poli que entrenar a un sicario. ¿Cómo es posible que el Ejército Mexicano (y el estadunidense) haya entrenado a un cuerpo entero de elite militar que luego se pasa en bloque para constituir la esencia de Los Zetas. Si los mexicanos lo sabíamos, si sabíamos que la delincuencia era policiaca en millares de casos, ¿no lo sabía el Estado mexicano? ¿Es posible ocultar cuando tu salario pasa de 15 mil pesos al mes a 250 mil? ¿Cuántas horas de investigación económica resistiría un agente de la policía antes de descubrir que tiene seis casas en fraccionamientos del estado de México? ¿Hay alguien en México que sepa interpretar la lectura de un polígrafo, el vulgarmente llamado detector de mentiras? ¿O el Estado mexicano no se atreve a usarlo ante el riesgo de que se muestre que la mayoría de sus agentes mienten? ¿La mayoría? ¿10 por ciento? ¿90 por ciento? ¿Hay algún polígrafo funcionando en alguna dependencia policiaca del país? ¿O se ha vendido para comprar refrescos y gansitos marinela en el Oxxo más cercano? Todo nace de unas fuerzas del orden cuya moral está pervertida. Y esta es una vieja historia mexicana, que adquiere su mayor nivel durante el alemanismo. Su clave es la impunidad. Los mexicanos sabemos que históricamente la policía y el Ejército no son una fuerza de orden sino una fuerza criminal semilegalizada, represiva. Sabiéndolo el gobierno Calderón como debería saberlo (no podemos presumir ese grado de estupidez que llegaría a lo inverosímil), ¿cómo se atrevió a lanzar una guerra contra el narco con ese material humano? Una guerra que no sólo no se podía ganar, sino que ni siquiera podía empezarse sin haber limpiado antes las fuerzas del orden. ¿Pero cómo limpiarlas sin debilitar al mismo tiempo la esencia represiva del propio Estado mexicano? Un general retirado me contaba que no tenía duda de que en el Ejército había un centenar de capitanes y mayores honestos, pero que no estaban cerca de la toma de decisiones. No se podía lanzar una guerra contra el narco con este material humano. No hay posibilidad alguna de variar la situación mientras la moral dominante en las "fuerzas del orden" sea la que hoy es.
Imágenes. Cualquier ciudadano con un celular puede grabarlas, en la carretera de Tampico a Matamoros circulan convoyes de cuatro o cinco camionetas negras, traen pintado en el costado con spray las siglas CG, cártel de Golfo.
Empresas que cobran protección
Octava. Hoy el narco no sólo es una docena de grupos armados que controla una de las más importantes fuentes económicas del país. Son empresas que cobran protección, por ejemplo, a todos los comerciantes de Cancún. Son el control de todos los vendedores ambulantes de Monterrey. Son la justicia en zonas enteras de Michoacán donde La Familia reprime a maridos abusadores y deudores perniciosos (léanse las notas de Arturo Cano en La Jornada). Son los controles en carreteras federales que cobran peajes. Son los que le ofrecieron (y le cumplieron) a un restaurantero en Ciudad Juárez que si pagaba protección, no más inspectores de salubridad ni requerimientos de Hacienda. Son los controladores de la red de tráfico humano y secuestros más grande del planeta. Son los que ofrecen empleo bien pagado a millares de jóvenes de las pandillas de las zonas fronterizas. Son en una parte muy grande nuestro país, el nuevo Estado. Y un Estado que sustituye a otro Estado basado en el abuso, la corrupción. Un mecánico de banqueta en Chihuahua paga al narco 200 pesos a la semana por el uso de la acera, antes le pagaba de mordida 300 a la policía. Tal para cual. ¿Por qué habría de estar en la cárcel un capo si no lo está el que cometió un fraude electoral que robó a la nación su destino, ni lo está el que con su modesto salario de funcionario compró tres castillos en Francia? Mientras el Estado mexicano no pueda garantizar a sus ciudadanos una relación honesta no se puede librar una guerra contra el narco.
Imágenes. Unos niños en una foto en la primera página de La Jornada muestran un cartel que dice: "Queridos Reyes Magos, no queremos la guerra de Calderón." Pero no basta con no quererla, hay que detenerla. Y eso significa, antes de otra cosa, resolver, entre otros, los ocho problemas que aquí se enuncian.
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viernes, 14 de enero de 2011
¡Basta de sangre!
PABLO ORDAZ
Lenta, descoordinada, pero inexorablemente, los mexicanos empiezan a alzar la voz. La situación de violencia que vive el país -más de 15.000 homicidios en 2010, el doble que en 2009 y el triple que en 2008-, unido a la falta de resultados tangibles de la guerra contra el crimen organizado emprendida por el presidente Felipe Calderón desde que llegó al poder en 2006, está provocando la aparición de una serie de colectivos ciudadanos que reclaman, cada uno a su manera, el fin de la violencia.
El más reciente, ¡Basta de Sangre!, está arropado por un grupo de intelectuales de izquierdas y es tal vez el más beligerante con el presidente de la República. Sus promotores, el caricaturista Rius y el periodista Julio Scherer, adjudican al propio Felipe Calderón la responsabilidad del caos: "Porque tú eres el responsable de una estrategia fallida e irresponsable. Porque la persecución política y militar no puede por sí misma derrotar al narcotráfico. Porque en esta falsa guerra solo se ha conseguido encarecer la droga y abaratar la vida".
De forma más moderada, aunque no menos tajante, otros grupos -México Unido contra la Delincuencia, Alto al Secuestro o México SOS- reclaman al presidente Calderón y a los políticos en general que tomen medidas más rápidas y eficaces para frenar el continuo derramamiento de sangre: durante 2010 se produjeron una media de 40 asesinatos diarios, sin contar los secuestros o el muy alarmante aumento de las extorsiones telefónicas.
Tarde -ya lleva cuatro años de mandato-, pero de forma decidida, el presidente mexicano ha decidido bajar a la calle para escuchar, sin filtros, lo que la sociedad civil tiene que demandarle. En una serie de encuentros por todo el país llamados Diálogos por la seguridad, Calderón se sienta junto a los líderes ciudadanos y escucha sus propuestas.
El miércoles, en el Distrito Federal, quienes le reclamaron tenían la autoridad moral escrita en sus nombres. El ejemplo más claro, Isabel Miranda de Wallace. La presidenta de Alto al Secuestro consiguió ella sola localizar y detener uno a uno a los secuestradores y asesinos de su hijo, luchando no solo contra los criminales sino también contra un sistema policial y judicial corrupto. Ahora se dedica a luchar por los demás y a decirle muy alto a Calderón: "No se están atacando las causas de la violencia, sino sus efectos. No se está combatiendo la pobreza y la desigualdad...".
El presidente, encuentro tras encuentro, se siente obligado a defenderse con un argumento repetido: los responsables de la violencia son los criminales, y no las autoridades que los enfrentan. En esa línea, hay quienes, como el escritor Héctor Aguilar Camín, ven con preocupación que las iras ciudadanas por la situación de violencia se vuelvan contra los políticos y casi nunca contra los narcotraficantes: "No hay una condena moral sistemática contra los asesinos, que son los responsables de la sangre y de las ejecuciones y de los decapitados. ¡El Gobierno no mató a esos muchachos [los 13 adolescentes asesinados en febrero en Ciudad Juárez], los mataron esos hijos de puta! Reclamémosle al Estado ser tan ineficaz con la seguridad que está obligado a dar. Pero los hijos de puta son los hijos de puta...".
Cuatro años después, 34.600 muertos más tarde, los mexicanos empiezan a levantar la voz: ¡basta de sangre!
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Lenta, descoordinada, pero inexorablemente, los mexicanos empiezan a alzar la voz. La situación de violencia que vive el país -más de 15.000 homicidios en 2010, el doble que en 2009 y el triple que en 2008-, unido a la falta de resultados tangibles de la guerra contra el crimen organizado emprendida por el presidente Felipe Calderón desde que llegó al poder en 2006, está provocando la aparición de una serie de colectivos ciudadanos que reclaman, cada uno a su manera, el fin de la violencia.
El más reciente, ¡Basta de Sangre!, está arropado por un grupo de intelectuales de izquierdas y es tal vez el más beligerante con el presidente de la República. Sus promotores, el caricaturista Rius y el periodista Julio Scherer, adjudican al propio Felipe Calderón la responsabilidad del caos: "Porque tú eres el responsable de una estrategia fallida e irresponsable. Porque la persecución política y militar no puede por sí misma derrotar al narcotráfico. Porque en esta falsa guerra solo se ha conseguido encarecer la droga y abaratar la vida".
De forma más moderada, aunque no menos tajante, otros grupos -México Unido contra la Delincuencia, Alto al Secuestro o México SOS- reclaman al presidente Calderón y a los políticos en general que tomen medidas más rápidas y eficaces para frenar el continuo derramamiento de sangre: durante 2010 se produjeron una media de 40 asesinatos diarios, sin contar los secuestros o el muy alarmante aumento de las extorsiones telefónicas.
Tarde -ya lleva cuatro años de mandato-, pero de forma decidida, el presidente mexicano ha decidido bajar a la calle para escuchar, sin filtros, lo que la sociedad civil tiene que demandarle. En una serie de encuentros por todo el país llamados Diálogos por la seguridad, Calderón se sienta junto a los líderes ciudadanos y escucha sus propuestas.
El miércoles, en el Distrito Federal, quienes le reclamaron tenían la autoridad moral escrita en sus nombres. El ejemplo más claro, Isabel Miranda de Wallace. La presidenta de Alto al Secuestro consiguió ella sola localizar y detener uno a uno a los secuestradores y asesinos de su hijo, luchando no solo contra los criminales sino también contra un sistema policial y judicial corrupto. Ahora se dedica a luchar por los demás y a decirle muy alto a Calderón: "No se están atacando las causas de la violencia, sino sus efectos. No se está combatiendo la pobreza y la desigualdad...".
El presidente, encuentro tras encuentro, se siente obligado a defenderse con un argumento repetido: los responsables de la violencia son los criminales, y no las autoridades que los enfrentan. En esa línea, hay quienes, como el escritor Héctor Aguilar Camín, ven con preocupación que las iras ciudadanas por la situación de violencia se vuelvan contra los políticos y casi nunca contra los narcotraficantes: "No hay una condena moral sistemática contra los asesinos, que son los responsables de la sangre y de las ejecuciones y de los decapitados. ¡El Gobierno no mató a esos muchachos [los 13 adolescentes asesinados en febrero en Ciudad Juárez], los mataron esos hijos de puta! Reclamémosle al Estado ser tan ineficaz con la seguridad que está obligado a dar. Pero los hijos de puta son los hijos de puta...".
Cuatro años después, 34.600 muertos más tarde, los mexicanos empiezan a levantar la voz: ¡basta de sangre!
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jueves, 13 de enero de 2011
Palestina: la resistencia cotidiana
Alejandro Saldívar
“Mientras haya muro habrá Intifada”, sentencia el habitante de un campamento de refugiados. Se refiere a la muralla que Israel construye alrededor de la patria de los palestinos, a quienes no cesa de atacar: los detiene y tortura, los encarcela en condiciones infrahumanas, hace escarnio de ellos. “No podemos permanecer en silencio mientras nos matan”, afirma un veterano de la resistencia pacífica.
NABI SALEH, CISJORDANIA, 12 de enero (Proceso).- Basem Tamimi ha estado 12 veces en la cárcel y sigue siendo perseguido por el gobierno israelí. La primera vez que lo arrestaron fue después de que Isaac Rabin, Bill Clinton y Yasser Arafat firmaran los Acuerdos de Oslo, en septiembre de 1993.
“Me acusaban de haber asesinado a un colono judío. Me sacaron de mi casa a golpes y estuve en coma ocho días. Cuando desperté estaba rodeado de militares que me preguntaban quién había asesinado al colono. Me tuvieron en la cárcel 40 días. Algunas veces me torturaban. Cuando salí, en diciembre de 1993, el cuerpo de mi hermana me esperaba en casa. Ellos la asesinaron.”
Basem Tamimi tiene 43 años pero se ve mayor. Nació en Nabi Saleh, al norte de Ramallah. Un pueblo de 400 habitantes con un alto porcentaje de mártires y presos. A lo lejos la carretera se ve como una lombriz entre un montón de casuchas en medio del desierto.
“La resistencia popular es parte de la vida cotidiana de Nabi Saleh. Es el mejor modo de oponerse a la ocupación. Es una forma de que escuchen nuestra voz palestina. Los israelíes quieren matar nuestra esperanza con los asentamientos, el muro y su violencia”, dice.
La casa de Basem es un homenaje a la resistencia: banderas palestinas de todos los tamaños, granadas de gas lacrimógeno vacías, casquillos aplastados de M-16. Una pequeña biblioteca de insurrección, democracia y libertad. Fotos familiares y carteles que exigen la liberación de Abdallah Abu Rahmah, uno de los líderes del pueblo de Bil’in, en el sur de Palestina.
Basem se esfuerza por explicar cómo sobrevivió al suplicio de la Intifada, esa insurrección que en los últimos 10 años se ha llevado –según la organización B’Tselem, el Centro de Información por los Derechos Humanos– a 6 mil 371 palestinos (de los que mil 317 eran menores) y a mil 83 israelíes.
“La resistencia popular es el mejor modo de detener la ocupación de Israel. Pero los periódicos de ellos sólo arrojan ponzoña sobre los palestinos: dicen que somos terroristas y que las víctimas son los judíos. No buscamos una resistencia armada pero no podemos permanecer en silencio mientras nos matan y le quitan el futuro a nuestros hijos. La libertad es la vida y la vida sin libertad no es nada.”
Desde diciembre de 2009 todos los viernes los israelíes cierran los accesos a Nabi Saleh y libran una batalla campal contra sus habitantes. En las dos primeras semanas de noviembre hirieron a 22 personas, entre ellos a una niña de 10 años, un médico y dos periodistas palestinos.
A lo lejos se ve el asentamiento de Halamish. De acuerdo con la ONG Peace Now, en ese lugar viven 956 colonos judíos… y muchos de ellos están armados.
Para Basem los asentamientos son la cara más evidente de la ocupación. “Ellos se robaron la tierra. Son un claro mensaje de guerra, hacen trizas a la humanidad. Tienen un sentido distorsionado de la religión. Vienen aquí y nos quitan el agua y matan a las personas. No tienen humanidad”.
Una eventual interrupción en la construcción de asentamientos judíos no afectaría los barrios orientales de Jerusalén –que desde el plan de partición de 1947 se considera territorio ocupado– y retrasaría los planes de la Autoridad Nacional Palestina para exigir ante la ONU el reconocimiento como Estado.
“Israel se sobrepone al derecho internacional. En su cabeza no existen las leyes”, dice Basem con un halo de resignación. “Nosotros ya no queremos la tierra, queremos nuestra libertad. Ellos (los militares) controlan nuestra vida. Ellos –dice señalando hacía el asentamiento– no se irán nunca”.
En Nabi Saleh los niños usan máscaras antigás hasta en sus casas. Por eso Basem tiene los ojos irritados. “Ésta es la última oportunidad para que Mahmoud Abbas negocie con Israel. Para destruir necesitas la guerra. Para la paz necesitas la resistencia y la protesta”.
Abusos
El pasado 10 de noviembre, el ministro palestino de Asuntos de Prisioneros, Issa Qaraqe, dio a conocer el caso de dos niños de 13 años torturados en el centro de detención de Petah Tikva, en Israel.
Muhammad Tare Abdul Latif Mukhaimar y Muhammad Nasser Ali Radwan fueron capturados en julio en la provincia de Beit Ur Al-Tahta. Los atraparon en la autopista 443, un camino exclusivo para judíos. Los militares que los aprehendieron los tiraron al suelo y los golpearon con las culatas de los M-16. Les vendaron los ojos y los llevaron al centro de detención en Israel.
En Petah Kitva los encerraron desnudos en un baño donde el aire acondicionado estaba encendido. “Lo más terrible fue cuando uno de los soldados meó sobre nosotros y grabó todo en video”, dijo Mukhaimar.
Después fueron trasladados al centro de detención del asentamiento de Binyamin, donde fueron interrogados de las 10 de la noche a las tres de la mañana. Más tarde los pusieron bajo “custodia preventiva” en la cárcel de Remonim durante tres meses.
Un estudio –basado en testimonios de 121 palestinos– dado a conocer en noviembre pasado por las ONG B’Tselem y HaMoked revela que “las violaciones a los derechos humanos comienzan desde el momento de la detención y continúan durante toda la estancia en las prisiones”.
Apunta: “Las violaciones incluyen crueles condiciones de aislamiento en las celdas, donde la higiene es vergonzosa (…) El uso de cualquiera de estos medios constituye un trato cruel, inhumano y degradante. Todos están prohibidos en virtud del derecho internacional y el derecho de Israel”.
Desde 2001 los palestinos interrogados por agentes de Israel han presentado 645 denuncias ante el Ministerio de Justicia. Hasta ahora ninguna demanda ha resultado en acciones penales.
Israel reconoció que pese a que el uso de la violencia en las detenciones está prohibido, “la práctica sigue siendo frecuente y parece que los soldados reciben mensajes contradictorios de sus comandantes”. Y justifican las detenciones como “una acción necesaria para acabar con los actos de terrorismo”.
La tesis de Israel es que los tiradores de piedras (o tirapiedras, como llaman a los adolescentes de la Intifada) son un ícono de la insurgencia y la resistencia popular. Para ellos lanzar piedras es un acto patriótico. Para los judíos es un acto de vandalismo, cobardía y, además, una incitación al terror.
Intifada interminable
Para Ali es muy aburrido escuchar de las negociaciones de paz entre Israel y Palestina. Para él lo único que vale la pena es preparar café en una olla oxidada y fumar Gauloises. Desde hace cinco años vive en un campamento improvisado junto al muro que divide Jerusalén de Ramallah.
Ali tiene 24 años y estudia agricultura en la universidad de Birzeit. Se asume como un desempleado y vende madera para sobrevivir. Por una tonelada gana el equivalente a 2 mil pesos. No tiene agua ni electricidad. Su sala está hecha con desvencijados asientos de automóvil.
Entre Israel y Cisjordania se alza un muro de hormigón de ocho metros con torres de vigilancia, puertas especiales y cercas electrificadas. Cuando lo terminen de construir tendrá 700 kilómetros de largo, cinco veces más que el Muro de Berlín. No está diseñado para ser desmontado.
Un informe del Comité Israelí Contra la Demolición de Casas (ICAHD, por sus siglas en inglés) encierra la vida de Ali en el concepto de warehousing (almacenamiento), término que se aplica a los millones de “reclusos” que han quedado “encerrados” detrás de los muros de concreto.
Según el ICAHD, Israel no sólo separa a la población sino que construye un muro alrededor de la pobreza palestina. Pero los israelíes disfrazan sus acciones en nombre de la “guerra contra el terrorismo” en la que los palestinos “no son más que un frente en una batalla moral contra las ‘fuerzas del mal’”.
Y puntualiza: “El warehousing es peor que un apartheid. El muro también tiene una advertencia fundamental: a los trabajadores palestinos no se les permitirá entrar a Israel”.
Ali habla caóticamente, como si varias ideas se le enredaran en la lengua: “Hace 10 años, en la segunda Intifada, los militares me disparaban sin razón. Los militares palestinos sólo defendían a los ricos. Mira, yo no estoy con Hamas ni con Al-Fatah (las dos organizaciones que se disputan el liderazgo palestino). Yo trabajo aquí, sólo quiero vivir y completar mis estudios”.
Aunque los judíos maquillen su lado del muro con la leyenda “estamos en paz”, por el otro hay una compulsiva tendencia a contradecirlos: “Israel, ¿así quieres ser recordado?”, “detengan la limpieza étnica”, “Palestina libre”, “nosotros podemos volar con las alas que ustedes no pueden tocar”, “dejen de matar a mis hijos, mis hermanos, mi marido, mis padres”.
Ali se palmea los muslos con hartazgo. “Mientras el muro siga ahí, la Intifada no va a terminar”.
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“Mientras haya muro habrá Intifada”, sentencia el habitante de un campamento de refugiados. Se refiere a la muralla que Israel construye alrededor de la patria de los palestinos, a quienes no cesa de atacar: los detiene y tortura, los encarcela en condiciones infrahumanas, hace escarnio de ellos. “No podemos permanecer en silencio mientras nos matan”, afirma un veterano de la resistencia pacífica.
NABI SALEH, CISJORDANIA, 12 de enero (Proceso).- Basem Tamimi ha estado 12 veces en la cárcel y sigue siendo perseguido por el gobierno israelí. La primera vez que lo arrestaron fue después de que Isaac Rabin, Bill Clinton y Yasser Arafat firmaran los Acuerdos de Oslo, en septiembre de 1993.
“Me acusaban de haber asesinado a un colono judío. Me sacaron de mi casa a golpes y estuve en coma ocho días. Cuando desperté estaba rodeado de militares que me preguntaban quién había asesinado al colono. Me tuvieron en la cárcel 40 días. Algunas veces me torturaban. Cuando salí, en diciembre de 1993, el cuerpo de mi hermana me esperaba en casa. Ellos la asesinaron.”
Basem Tamimi tiene 43 años pero se ve mayor. Nació en Nabi Saleh, al norte de Ramallah. Un pueblo de 400 habitantes con un alto porcentaje de mártires y presos. A lo lejos la carretera se ve como una lombriz entre un montón de casuchas en medio del desierto.
“La resistencia popular es parte de la vida cotidiana de Nabi Saleh. Es el mejor modo de oponerse a la ocupación. Es una forma de que escuchen nuestra voz palestina. Los israelíes quieren matar nuestra esperanza con los asentamientos, el muro y su violencia”, dice.
La casa de Basem es un homenaje a la resistencia: banderas palestinas de todos los tamaños, granadas de gas lacrimógeno vacías, casquillos aplastados de M-16. Una pequeña biblioteca de insurrección, democracia y libertad. Fotos familiares y carteles que exigen la liberación de Abdallah Abu Rahmah, uno de los líderes del pueblo de Bil’in, en el sur de Palestina.
Basem se esfuerza por explicar cómo sobrevivió al suplicio de la Intifada, esa insurrección que en los últimos 10 años se ha llevado –según la organización B’Tselem, el Centro de Información por los Derechos Humanos– a 6 mil 371 palestinos (de los que mil 317 eran menores) y a mil 83 israelíes.
“La resistencia popular es el mejor modo de detener la ocupación de Israel. Pero los periódicos de ellos sólo arrojan ponzoña sobre los palestinos: dicen que somos terroristas y que las víctimas son los judíos. No buscamos una resistencia armada pero no podemos permanecer en silencio mientras nos matan y le quitan el futuro a nuestros hijos. La libertad es la vida y la vida sin libertad no es nada.”
Desde diciembre de 2009 todos los viernes los israelíes cierran los accesos a Nabi Saleh y libran una batalla campal contra sus habitantes. En las dos primeras semanas de noviembre hirieron a 22 personas, entre ellos a una niña de 10 años, un médico y dos periodistas palestinos.
A lo lejos se ve el asentamiento de Halamish. De acuerdo con la ONG Peace Now, en ese lugar viven 956 colonos judíos… y muchos de ellos están armados.
Para Basem los asentamientos son la cara más evidente de la ocupación. “Ellos se robaron la tierra. Son un claro mensaje de guerra, hacen trizas a la humanidad. Tienen un sentido distorsionado de la religión. Vienen aquí y nos quitan el agua y matan a las personas. No tienen humanidad”.
Una eventual interrupción en la construcción de asentamientos judíos no afectaría los barrios orientales de Jerusalén –que desde el plan de partición de 1947 se considera territorio ocupado– y retrasaría los planes de la Autoridad Nacional Palestina para exigir ante la ONU el reconocimiento como Estado.
“Israel se sobrepone al derecho internacional. En su cabeza no existen las leyes”, dice Basem con un halo de resignación. “Nosotros ya no queremos la tierra, queremos nuestra libertad. Ellos (los militares) controlan nuestra vida. Ellos –dice señalando hacía el asentamiento– no se irán nunca”.
En Nabi Saleh los niños usan máscaras antigás hasta en sus casas. Por eso Basem tiene los ojos irritados. “Ésta es la última oportunidad para que Mahmoud Abbas negocie con Israel. Para destruir necesitas la guerra. Para la paz necesitas la resistencia y la protesta”.
Abusos
El pasado 10 de noviembre, el ministro palestino de Asuntos de Prisioneros, Issa Qaraqe, dio a conocer el caso de dos niños de 13 años torturados en el centro de detención de Petah Tikva, en Israel.
Muhammad Tare Abdul Latif Mukhaimar y Muhammad Nasser Ali Radwan fueron capturados en julio en la provincia de Beit Ur Al-Tahta. Los atraparon en la autopista 443, un camino exclusivo para judíos. Los militares que los aprehendieron los tiraron al suelo y los golpearon con las culatas de los M-16. Les vendaron los ojos y los llevaron al centro de detención en Israel.
En Petah Kitva los encerraron desnudos en un baño donde el aire acondicionado estaba encendido. “Lo más terrible fue cuando uno de los soldados meó sobre nosotros y grabó todo en video”, dijo Mukhaimar.
Después fueron trasladados al centro de detención del asentamiento de Binyamin, donde fueron interrogados de las 10 de la noche a las tres de la mañana. Más tarde los pusieron bajo “custodia preventiva” en la cárcel de Remonim durante tres meses.
Un estudio –basado en testimonios de 121 palestinos– dado a conocer en noviembre pasado por las ONG B’Tselem y HaMoked revela que “las violaciones a los derechos humanos comienzan desde el momento de la detención y continúan durante toda la estancia en las prisiones”.
Apunta: “Las violaciones incluyen crueles condiciones de aislamiento en las celdas, donde la higiene es vergonzosa (…) El uso de cualquiera de estos medios constituye un trato cruel, inhumano y degradante. Todos están prohibidos en virtud del derecho internacional y el derecho de Israel”.
Desde 2001 los palestinos interrogados por agentes de Israel han presentado 645 denuncias ante el Ministerio de Justicia. Hasta ahora ninguna demanda ha resultado en acciones penales.
Israel reconoció que pese a que el uso de la violencia en las detenciones está prohibido, “la práctica sigue siendo frecuente y parece que los soldados reciben mensajes contradictorios de sus comandantes”. Y justifican las detenciones como “una acción necesaria para acabar con los actos de terrorismo”.
La tesis de Israel es que los tiradores de piedras (o tirapiedras, como llaman a los adolescentes de la Intifada) son un ícono de la insurgencia y la resistencia popular. Para ellos lanzar piedras es un acto patriótico. Para los judíos es un acto de vandalismo, cobardía y, además, una incitación al terror.
Intifada interminable
Para Ali es muy aburrido escuchar de las negociaciones de paz entre Israel y Palestina. Para él lo único que vale la pena es preparar café en una olla oxidada y fumar Gauloises. Desde hace cinco años vive en un campamento improvisado junto al muro que divide Jerusalén de Ramallah.
Ali tiene 24 años y estudia agricultura en la universidad de Birzeit. Se asume como un desempleado y vende madera para sobrevivir. Por una tonelada gana el equivalente a 2 mil pesos. No tiene agua ni electricidad. Su sala está hecha con desvencijados asientos de automóvil.
Entre Israel y Cisjordania se alza un muro de hormigón de ocho metros con torres de vigilancia, puertas especiales y cercas electrificadas. Cuando lo terminen de construir tendrá 700 kilómetros de largo, cinco veces más que el Muro de Berlín. No está diseñado para ser desmontado.
Un informe del Comité Israelí Contra la Demolición de Casas (ICAHD, por sus siglas en inglés) encierra la vida de Ali en el concepto de warehousing (almacenamiento), término que se aplica a los millones de “reclusos” que han quedado “encerrados” detrás de los muros de concreto.
Según el ICAHD, Israel no sólo separa a la población sino que construye un muro alrededor de la pobreza palestina. Pero los israelíes disfrazan sus acciones en nombre de la “guerra contra el terrorismo” en la que los palestinos “no son más que un frente en una batalla moral contra las ‘fuerzas del mal’”.
Y puntualiza: “El warehousing es peor que un apartheid. El muro también tiene una advertencia fundamental: a los trabajadores palestinos no se les permitirá entrar a Israel”.
Ali habla caóticamente, como si varias ideas se le enredaran en la lengua: “Hace 10 años, en la segunda Intifada, los militares me disparaban sin razón. Los militares palestinos sólo defendían a los ricos. Mira, yo no estoy con Hamas ni con Al-Fatah (las dos organizaciones que se disputan el liderazgo palestino). Yo trabajo aquí, sólo quiero vivir y completar mis estudios”.
Aunque los judíos maquillen su lado del muro con la leyenda “estamos en paz”, por el otro hay una compulsiva tendencia a contradecirlos: “Israel, ¿así quieres ser recordado?”, “detengan la limpieza étnica”, “Palestina libre”, “nosotros podemos volar con las alas que ustedes no pueden tocar”, “dejen de matar a mis hijos, mis hermanos, mi marido, mis padres”.
Ali se palmea los muslos con hartazgo. “Mientras el muro siga ahí, la Intifada no va a terminar”.
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miércoles, 12 de enero de 2011
Juárez: la resistencia de los "nadie"
Marcela Turati
CIUDAD JUÁREZ, CHIH., 11 de enero (Proceso).- Rubén Vázquez estaba harto de la sangrienta guerra entre las pandillas de su barrio. Para proteger a su familia colocó una puerta de triplay que resistió cachazos, garrotazos y puntapiés vandálicos. En la desesperación, bardeó su casa, enrejó ventanas y las forró con plástico para repeler pedradas. Contra los balazos sólo le quedaba rezar y tirarse con los suyos al piso.
A partir de 2008, cuando la comezón asesina contagió a los jóvenes juarenses y los cárteles enrolaban sicarios por barrios periféricos como el suyo –afincados sobre dunas; las viviendas elaboradas con desperdicios–, él se sintió desolado. Hasta que tuvo una idea.
Limpió un arroyo cercano, lo emparejó y despedregó, le pintó una larga raya blanca hasta formar un rectángulo e instaló unos fierros en cada extremo. Se puso un silbato al cuello e invitó, casa por casa, a los pandilleros enemigos a que disputaran el honor en la cancha improvisada. Ellos le tomaron la palabra: la Liga de Futbol Siglo 21 es un éxito. Mientras la delincuencia en la ciudad rebasa los límites de lo imposible (en tres años saltó de uno a siete asesinatos por día), la colonia Siglo 21 es ahora más segura.
Este logro es posible gracias a jugadores como David Chavero, El Coreano, un veinteañero de ojos rasgados y tatuajes con letras orientales que lidera la pandilla Indios, una banda de cholos armados que el año pasado perdió a tres integrantes en la disputas territoriales. Por su bravura, cualquiera de los cárteles querría ficharlo, pero Vázquez se les adelantó y lo reclutó para el deporte.
Sentado en el porche de la casa de los Vázquez, el capitán del equipo Indios sonríe al explicar su transformación: “Antes nomás andaba peleando el territorio, sólo subíamos pa’cá a agarrar de balazos a los de aquí, pero ahora ya hasta me saludan. Ya namás estoy esperando a que sea domingo para jugar”.
Don Rubén (como todos le dicen a Vázquez), su esposa Dolores y las vecinas que presencian la entrevista lo escuchan con respeto, ya no con desconfianza o miedo.
“Cuando no había equipo peleaba, me drogaba, asaltábamos, pensaba nomás en la venganza porque del barrio han matado a cinco o seis. Ya ahora pienso diferente, hago otras cosas, juego fut, cascareamos, venimos todos los domingos y busco trabajo en la maquila, pero está bien cabrón, no me agarran por los tatuajes y por no tener papeles de estudios”, dice con la mirada baja.
A su lado, Meni, otro de su tribu, agrega: “A como está de gacha la ciudad y ahora que ofrecen jale de sicario y 3 mil a la semana, con el deporte sí se despeja uno la mente para otras ideas, ya no piensa pura maldad”.
El Coreano asiente. Su piel parece un códice en el que lleva escrito –en el brazo izquierdo– Estela en chino, su apodo en letras cholas, un dragón en el hombro derecho, una mata de mariguana en la axila, el nombre de sus hijos en el pecho, dos calaveras en el cuello y una araña en la espalda. Esos son sólo los tatuajes visibles; ocultos bajo la camiseta holgada porta otra decena de inscripciones y siete cicatrices de balazos.
“El día que me pusieron tres balazos, al día siguiente me vine a jugar”, festeja antes de concentrarse para leer la cartulina con el rol de juegos del próximo fin de semana: jugarán siete equipos de mujeres, 10 de niños y 16 de adultos, que llevan nombres como Resto del Mundo, Inter, Deportivo Chong y Blue Star, provenientes de cinco barrios vecinos.
“Los de Blue Star eran unos chavalitos bien drogadictos, andaban cayéndose por tanta aguaceleste. Una mamá los trae, me dice ‘don Rubén, no completé para el árbitro, ¿los deja jugar?’, y claro, el chiste es que dejen unas horas las drogas. Siempre pierden, la última vez 5-0, pero les regalé un trofeo chiquito y andaban bien gustosos”, narra satisfecho el creador de la liga, que entre semana es chofer de un camión que transporta a obreros.
Las reglas de su campo prohíben drogarse o emborracharse. Los tres mejores equipos de cada categoría ganan un trofeo (el más grande del tamaño de una puerta), otro se da de consolación y el portero menos goleado recibe unos tacos. Cada equipo paga 125 pesos por juego, que alcanzan para pagar a los árbitros y para que Vázquez pague en abonos los siguientes trofeos.
Sábados y domingos, de siete de la mañana a siete de la tarde, don Rubén se planta en el campo para atajar cualquier conato de bronca, expulsar a quien se acerque con cervezas, animar a los muchachos para que inviertan en un uniforme en lugar de drogas y no pierdan la fe en hallar un empleo.
Una vecina chismosa cuenta que una regidora quiere apropiarse de la liga y los priistas presionan para que la rebauticen como “Liga César Duarte”, como el gobernador. Don Rubén, firme como árbitro, prefiere mantener a los políticos afuera de la cancha, expulsados.
“Así como crecieron en el deporte podrían crecer en un trabajo, pero no tienen oportunidades para salir adelante; como están tatuados no los contratan. Una oportunidad les hace falta”, lamenta, pues la ciudad se diseñó con escasas preparatorias para que los jóvenes pasaran su juventud en las bandas de producción de las maquiladoras, que tampoco los contratan.
Desarraigar la violencia
Los días de sol, a las seis de la tarde, el parque Hidalgo se va llenando de niños y niñas que apagaron el Nintendo para reunirse ahí, a pesar de que la ciudad está en guerra.
En tres años, 7 mil 434 personas han sido asesinadas en Juárez, entre ellas más de 100 infantes. 2010 fue el año más sangriento: se cometieron 3 mil 111 asesinatos, y junio fue un mes fatal que se inauguró con la muerte de Liliana, una niña de tres años rafagueada junto a su papá; al día siguiente, dos hermanos, de tres y cinco años, vieron cuando un comando levantó a su padre del auto familiar (luego fue decapitado) y su mamá se desangró en el asiento; el día 13, un niño de ocho años presenció la ejecución de su papá, y el 16 fue torturado hasta la muerte Fidel, de 10 años, con sus abuelos...
En el parque, a los pequeños valientes los espera un colectivo de jóvenes que les imparten lecciones de resistencia ciudadana, camufladas con actividades culturales.
Un chavalo flaco les enseña a pararse de cabeza y contorsionarse sobre una alfombra vieja; una hiphopera bate sus tambores africanos con los más pequeños y supervisa a las niñas del hula-hula; un escritor entretiene a los noveles dibujantes que, de vez en cuando, pintan sangre y balaceras; un filósofo ameniza con música tecno y un pasante de medicina atiende a los niños raspados.
“Nuestra intención es que salgan a la calle a jugar, sabemos que representa un peligro salir al parque –aunque dentro de la casa los papás no los aguantan–. Sólo así, saliendo a jugar, sabiéndonos sujetos de cambio y ciudadanos, vamos a poder recuperar las calles”, explica el esfuerzo Susana Molina, una hiphopera, poeta, dibujante y malabarista conocida en el mundo artístico como Obeja Negra.
Ella, hija de migrantes llegados a Juárez atraídos por el trabajo de las fábricas, hace notar que en el Colectivo Fronterizo “habemos jóvenes que soñamos más allá del trabajo esclavizante de las maquilas, al que estábamos destinados, o que no nos volvimos sicarios ni vendemos drogas, porque ésa es una salida fácil. Nosotros queremos crear y hacer propuestas, sabemos que no vamos a cambiar a Juárez, pero nos permitimos soñar a pesar de la realidad devastadora”.
Los fines de semana, su colectivo se reúne con otros de poetas, malabaristas, teatreros, raperos y djs, y visitan barrios peligrosos, donde pintan con esténciles poemas en las paredes, cuentan cuentos, danzan, en un intento de convencer a la gente de salir de su encierro y enseñarlos a apropiarse de los espacios públicos.
Por esta labor no obtuvieron fondos del programa federal emergente Todos Somos Juárez. “Prefirieron invertirlo en pavimentar calles”, lamenta Obeja Negra, quien reclama en la canción Ninguna guerra en mi nombre, que interpreta con las otras tres integrantes del grupo Batallones Femeninos:
…Mi gente no se rinde, nunca esperen cobardía, me han dado más fuerza pa’ seguir con cada día, y decirles a los malos, no han podido todavía, llego con un corazón de acero, alzo mi voz al viento por mi ciudad que quiero (…) vengo aturdida por parranda de balazos, suenan, retumban los cañonazos, es la actitud, el surco de mis pasos, ninguna guerra en mi nombre, genocida primer mandatario…
“Rudy” (nombre ficticio) era un niño rechazado por todos. Su papá y su mamá prefirieron las drogas a cuidarlo, sus familiares no quisieron adoptarlo. Vivió varias temporadas en el DIF hasta que lo adoptaron unos tíos con poca paciencia. Tiene 13 años, y todos los días, por agresivo, era expulsado del salón. Un día lo rescataron Las Hormigas, un grupo de mujeres que atiende a niños y niñas abandonados, descuidados por sus padres, expulsados de las escuelas, agresivos o traumados, y les enseñan a enderezar su destino.
Las Hormigas han atendido a niños con problemas de lenguaje, a quienes el maltrato les paralizó la lengua, a unos que sólo sabían morder, a otros “desconectados de la realidad” tras presenciar el asesinato de su papá o a sobrevivientes de masacres.
Las fundadoras de la organización son Linabel Sarlat y Elvia Villescas, dos exmonjas que –contrario a lo que decidió para ellas su congregación– quisieron compartir la vida con los más pobres y eligieron el barrio Anapra, una colonia afincada sobre el arenoso desierto, poblada por casas de cartón, sin agua y donde era frecuente hallar cuerpos de mujeres enterrados. “Creemos que la única manera de romper la violencia es haciendo un trabajo de raíz, logrando un cambio en cada persona”, dice Sarlat, la exmonja yucateca.
Un diagnóstico similar arrojó la investigación que hizo entre pandilleros la socióloga Teresa Almada, directora del Centro Casa Promoción Juvenil, quien detectó que comparten un perfil de abandono, son hijos de migrantes y vivieron desintegración familiar, violencia y deserción escolar entre los 11 y 12 años.
Le impresiona tanto la facilidad con la que los maestros de secundaria expulsan a los adolescentes, cancelándoles las expectativas de futuro, que con otros profesionistas diseñó una escuela tolerante a los adolescentes rebeldes, a los damnificados por las heridas de infancia y a quienes les inculcaron la violencia en la casa, para demostrar que su futuro puede tener un desenlace distinto al previsto.
Otros proyectos como éstos se barajan en Juárez: unos proporcionan jeringas a quienes se drogan para que lo hagan en forma segura hasta que salgan de la adicción. Unos raperos intentan que la gente reflexione sobre su ciudad. Los integrantes de una parroquia imparten talleres de duelo a familias en las que algún miembro ha sido ejecutado. Terapeutas recorren colonias marginales para atender a las personas trabadas por la violencia. Las familias con personas desaparecidas crean redes de ayuda. Es la resistencia de los “nadie”.
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CIUDAD JUÁREZ, CHIH., 11 de enero (Proceso).- Rubén Vázquez estaba harto de la sangrienta guerra entre las pandillas de su barrio. Para proteger a su familia colocó una puerta de triplay que resistió cachazos, garrotazos y puntapiés vandálicos. En la desesperación, bardeó su casa, enrejó ventanas y las forró con plástico para repeler pedradas. Contra los balazos sólo le quedaba rezar y tirarse con los suyos al piso.
A partir de 2008, cuando la comezón asesina contagió a los jóvenes juarenses y los cárteles enrolaban sicarios por barrios periféricos como el suyo –afincados sobre dunas; las viviendas elaboradas con desperdicios–, él se sintió desolado. Hasta que tuvo una idea.
Limpió un arroyo cercano, lo emparejó y despedregó, le pintó una larga raya blanca hasta formar un rectángulo e instaló unos fierros en cada extremo. Se puso un silbato al cuello e invitó, casa por casa, a los pandilleros enemigos a que disputaran el honor en la cancha improvisada. Ellos le tomaron la palabra: la Liga de Futbol Siglo 21 es un éxito. Mientras la delincuencia en la ciudad rebasa los límites de lo imposible (en tres años saltó de uno a siete asesinatos por día), la colonia Siglo 21 es ahora más segura.
Este logro es posible gracias a jugadores como David Chavero, El Coreano, un veinteañero de ojos rasgados y tatuajes con letras orientales que lidera la pandilla Indios, una banda de cholos armados que el año pasado perdió a tres integrantes en la disputas territoriales. Por su bravura, cualquiera de los cárteles querría ficharlo, pero Vázquez se les adelantó y lo reclutó para el deporte.
Sentado en el porche de la casa de los Vázquez, el capitán del equipo Indios sonríe al explicar su transformación: “Antes nomás andaba peleando el territorio, sólo subíamos pa’cá a agarrar de balazos a los de aquí, pero ahora ya hasta me saludan. Ya namás estoy esperando a que sea domingo para jugar”.
Don Rubén (como todos le dicen a Vázquez), su esposa Dolores y las vecinas que presencian la entrevista lo escuchan con respeto, ya no con desconfianza o miedo.
“Cuando no había equipo peleaba, me drogaba, asaltábamos, pensaba nomás en la venganza porque del barrio han matado a cinco o seis. Ya ahora pienso diferente, hago otras cosas, juego fut, cascareamos, venimos todos los domingos y busco trabajo en la maquila, pero está bien cabrón, no me agarran por los tatuajes y por no tener papeles de estudios”, dice con la mirada baja.
A su lado, Meni, otro de su tribu, agrega: “A como está de gacha la ciudad y ahora que ofrecen jale de sicario y 3 mil a la semana, con el deporte sí se despeja uno la mente para otras ideas, ya no piensa pura maldad”.
El Coreano asiente. Su piel parece un códice en el que lleva escrito –en el brazo izquierdo– Estela en chino, su apodo en letras cholas, un dragón en el hombro derecho, una mata de mariguana en la axila, el nombre de sus hijos en el pecho, dos calaveras en el cuello y una araña en la espalda. Esos son sólo los tatuajes visibles; ocultos bajo la camiseta holgada porta otra decena de inscripciones y siete cicatrices de balazos.
“El día que me pusieron tres balazos, al día siguiente me vine a jugar”, festeja antes de concentrarse para leer la cartulina con el rol de juegos del próximo fin de semana: jugarán siete equipos de mujeres, 10 de niños y 16 de adultos, que llevan nombres como Resto del Mundo, Inter, Deportivo Chong y Blue Star, provenientes de cinco barrios vecinos.
“Los de Blue Star eran unos chavalitos bien drogadictos, andaban cayéndose por tanta aguaceleste. Una mamá los trae, me dice ‘don Rubén, no completé para el árbitro, ¿los deja jugar?’, y claro, el chiste es que dejen unas horas las drogas. Siempre pierden, la última vez 5-0, pero les regalé un trofeo chiquito y andaban bien gustosos”, narra satisfecho el creador de la liga, que entre semana es chofer de un camión que transporta a obreros.
Las reglas de su campo prohíben drogarse o emborracharse. Los tres mejores equipos de cada categoría ganan un trofeo (el más grande del tamaño de una puerta), otro se da de consolación y el portero menos goleado recibe unos tacos. Cada equipo paga 125 pesos por juego, que alcanzan para pagar a los árbitros y para que Vázquez pague en abonos los siguientes trofeos.
Sábados y domingos, de siete de la mañana a siete de la tarde, don Rubén se planta en el campo para atajar cualquier conato de bronca, expulsar a quien se acerque con cervezas, animar a los muchachos para que inviertan en un uniforme en lugar de drogas y no pierdan la fe en hallar un empleo.
Una vecina chismosa cuenta que una regidora quiere apropiarse de la liga y los priistas presionan para que la rebauticen como “Liga César Duarte”, como el gobernador. Don Rubén, firme como árbitro, prefiere mantener a los políticos afuera de la cancha, expulsados.
“Así como crecieron en el deporte podrían crecer en un trabajo, pero no tienen oportunidades para salir adelante; como están tatuados no los contratan. Una oportunidad les hace falta”, lamenta, pues la ciudad se diseñó con escasas preparatorias para que los jóvenes pasaran su juventud en las bandas de producción de las maquiladoras, que tampoco los contratan.
Desarraigar la violencia
Los días de sol, a las seis de la tarde, el parque Hidalgo se va llenando de niños y niñas que apagaron el Nintendo para reunirse ahí, a pesar de que la ciudad está en guerra.
En tres años, 7 mil 434 personas han sido asesinadas en Juárez, entre ellas más de 100 infantes. 2010 fue el año más sangriento: se cometieron 3 mil 111 asesinatos, y junio fue un mes fatal que se inauguró con la muerte de Liliana, una niña de tres años rafagueada junto a su papá; al día siguiente, dos hermanos, de tres y cinco años, vieron cuando un comando levantó a su padre del auto familiar (luego fue decapitado) y su mamá se desangró en el asiento; el día 13, un niño de ocho años presenció la ejecución de su papá, y el 16 fue torturado hasta la muerte Fidel, de 10 años, con sus abuelos...
En el parque, a los pequeños valientes los espera un colectivo de jóvenes que les imparten lecciones de resistencia ciudadana, camufladas con actividades culturales.
Un chavalo flaco les enseña a pararse de cabeza y contorsionarse sobre una alfombra vieja; una hiphopera bate sus tambores africanos con los más pequeños y supervisa a las niñas del hula-hula; un escritor entretiene a los noveles dibujantes que, de vez en cuando, pintan sangre y balaceras; un filósofo ameniza con música tecno y un pasante de medicina atiende a los niños raspados.
“Nuestra intención es que salgan a la calle a jugar, sabemos que representa un peligro salir al parque –aunque dentro de la casa los papás no los aguantan–. Sólo así, saliendo a jugar, sabiéndonos sujetos de cambio y ciudadanos, vamos a poder recuperar las calles”, explica el esfuerzo Susana Molina, una hiphopera, poeta, dibujante y malabarista conocida en el mundo artístico como Obeja Negra.
Ella, hija de migrantes llegados a Juárez atraídos por el trabajo de las fábricas, hace notar que en el Colectivo Fronterizo “habemos jóvenes que soñamos más allá del trabajo esclavizante de las maquilas, al que estábamos destinados, o que no nos volvimos sicarios ni vendemos drogas, porque ésa es una salida fácil. Nosotros queremos crear y hacer propuestas, sabemos que no vamos a cambiar a Juárez, pero nos permitimos soñar a pesar de la realidad devastadora”.
Los fines de semana, su colectivo se reúne con otros de poetas, malabaristas, teatreros, raperos y djs, y visitan barrios peligrosos, donde pintan con esténciles poemas en las paredes, cuentan cuentos, danzan, en un intento de convencer a la gente de salir de su encierro y enseñarlos a apropiarse de los espacios públicos.
Por esta labor no obtuvieron fondos del programa federal emergente Todos Somos Juárez. “Prefirieron invertirlo en pavimentar calles”, lamenta Obeja Negra, quien reclama en la canción Ninguna guerra en mi nombre, que interpreta con las otras tres integrantes del grupo Batallones Femeninos:
…Mi gente no se rinde, nunca esperen cobardía, me han dado más fuerza pa’ seguir con cada día, y decirles a los malos, no han podido todavía, llego con un corazón de acero, alzo mi voz al viento por mi ciudad que quiero (…) vengo aturdida por parranda de balazos, suenan, retumban los cañonazos, es la actitud, el surco de mis pasos, ninguna guerra en mi nombre, genocida primer mandatario…
“Rudy” (nombre ficticio) era un niño rechazado por todos. Su papá y su mamá prefirieron las drogas a cuidarlo, sus familiares no quisieron adoptarlo. Vivió varias temporadas en el DIF hasta que lo adoptaron unos tíos con poca paciencia. Tiene 13 años, y todos los días, por agresivo, era expulsado del salón. Un día lo rescataron Las Hormigas, un grupo de mujeres que atiende a niños y niñas abandonados, descuidados por sus padres, expulsados de las escuelas, agresivos o traumados, y les enseñan a enderezar su destino.
Las Hormigas han atendido a niños con problemas de lenguaje, a quienes el maltrato les paralizó la lengua, a unos que sólo sabían morder, a otros “desconectados de la realidad” tras presenciar el asesinato de su papá o a sobrevivientes de masacres.
Las fundadoras de la organización son Linabel Sarlat y Elvia Villescas, dos exmonjas que –contrario a lo que decidió para ellas su congregación– quisieron compartir la vida con los más pobres y eligieron el barrio Anapra, una colonia afincada sobre el arenoso desierto, poblada por casas de cartón, sin agua y donde era frecuente hallar cuerpos de mujeres enterrados. “Creemos que la única manera de romper la violencia es haciendo un trabajo de raíz, logrando un cambio en cada persona”, dice Sarlat, la exmonja yucateca.
Un diagnóstico similar arrojó la investigación que hizo entre pandilleros la socióloga Teresa Almada, directora del Centro Casa Promoción Juvenil, quien detectó que comparten un perfil de abandono, son hijos de migrantes y vivieron desintegración familiar, violencia y deserción escolar entre los 11 y 12 años.
Le impresiona tanto la facilidad con la que los maestros de secundaria expulsan a los adolescentes, cancelándoles las expectativas de futuro, que con otros profesionistas diseñó una escuela tolerante a los adolescentes rebeldes, a los damnificados por las heridas de infancia y a quienes les inculcaron la violencia en la casa, para demostrar que su futuro puede tener un desenlace distinto al previsto.
Otros proyectos como éstos se barajan en Juárez: unos proporcionan jeringas a quienes se drogan para que lo hagan en forma segura hasta que salgan de la adicción. Unos raperos intentan que la gente reflexione sobre su ciudad. Los integrantes de una parroquia imparten talleres de duelo a familias en las que algún miembro ha sido ejecutado. Terapeutas recorren colonias marginales para atender a las personas trabadas por la violencia. Las familias con personas desaparecidas crean redes de ayuda. Es la resistencia de los “nadie”.
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jueves, 6 de enero de 2011
“Siembra” de judíos
Alejandro Saldívar
La calle principal está dividida por una cerca y si pasan al lado judío, los encarcelan; en la calle o en sus propias casas se exponen a insultos y agresiones por parte delos sionistas; si van a la mezquita deben pasar por los puestos de control del ejército de Israel. Ser palestino y vivir en Hebrón significa ser un paria, habitar un gueto en la propia patria. Cisjordania, el territorio palestino cercado y asediado por Israel, apenas puede considerarse tierra árabe. Pese a las prohibiciones de la ONU y las presiones internacionales, Israel sigue “sembrando” colonos judíos para desplazar a los palestinos.
HEBRÓN, CISJORDANIA, 5 de enero (Proceso).- Son las cuatro de la tarde y una de las calles de acceso a Hebrón, en el sur de Cisjordania, es un hervidero de autos desvencijados y ruidos: las balatas de un taxi, el pregón de un vendedor de dulces, los bocinazos impacientes. En la casa de Abed Sidr se escucha el insistente golpeteo de un balón. Afuera unos niños judíos usan su pared como portería.
Hace ocho años Abed fue herido por la bala de un colono judío. Se abre la camisa para mostrar la cicatriz arriba del corazón. La operación para sacarle el proyectil sería mortal, dice. El mismo día mataron a su esposa. Él cargaba un balde con agua mientras su mujer tendía ropa en la azotea. Un año antes los soldados israelíes habían intentado incendiar su casa. Señala los rincones manchados de tizne.
Antes los militares entraron a su vivienda y soldaron las ventanas que dan a las unidades habitacionales judías. Lo mismo hicieron en las demás casas de palestinos. Adujeron “razones de seguridad”. A veces por pequeños boquetes por los que se cuela el aire, los árabes avientan basura y orina al lado judío.
Abed comercia artesanías en Hebrón. También ofrece recorridos por la ciudad pero los turistas lo ignoran; hoy sólo ha vendido un par de llaveros y tres keffiyeh (la tradicional prenda de tela a cuadros que los palestinos usan en la cabeza y los turistas en el cuello). Abed se casó de nuevo y tuvo dos hijos. En su casa su mujer le da refresco de naranja en un biberón a Mahmud, el más pequeño de la familia.
Al acabarse su arroz con pollo, Abed mira un video del día en que el ejército de Israel cerró todos los comercios en la calle Shuhada, en 2002. “Mi hermano se enfrentó con los soldados. Entre seis lo llevaron detrás de una cortina metálica. Cuando salió estaba sangrando. Desde aquella vez no lo he visto”, cuenta.
En Shuhada estaba el principal mercado de Hebrón. Pero desde 2002 las puertas de sus 800 comercios fueron soldadas. Los uniformados declararon esa calle “zona militar estratégica” y exigieron a los palestinos desalojar el área en cinco minutos. Quien se opuso fue sacado con gas lacrimógeno y a golpes.
Ahora sólo quedan algunas banderas palestinas dibujadas en las puertas selladas. Algunas tienen pintada encima la estrella de David. Una malla ciclónica y una madeja de alambre de púas dividen la calle. Si un palestino intenta cruzar lo encarcelan seis meses.
Hebrón es la única localidad cisjordana donde los colonos judíos viven en el corazón de la ciudad. Lo que fue una primaria palestina es ahora un centro religioso para judíos. La Tumba de los Patriarcas es mitad mezquita y mitad sinagoga. Otras calles fueron divididas: por el lado más amplio caminan los judíos de gabardinas y caireles; por el más estrecho van los palestinos.
Mezquita vigilada
La Mezquita de Ibrahim (Abraham) está a pocas cuadras de la casa de Abed. A la entrada hay dos torniquetes que dan paso a un primer punto de revisión: un pasillo equipado con cámaras y detectores de armas. Abed intenta sonreírle a los soldados, pero ellos ni siquiera voltean a verlo.
“¿Católico o musulmán?”, pregunta una joven soldado con un M16 terciado a la espalda. Adopta esa pose dura que emana de todo uniforme verde olivo; Abed se concreta a sacar de su bolsillo una identificación y a contestar en hebreo, aunque su idioma es el árabe.
Abed llega a otro punto donde le solicitan de nuevo su identificación. Saca todo de sus bolsillos y pasa por unos arcos detectores de metal ajenos a la arquitectura sagrada del lugar.
El palestino tiene una sensación de extravío. “Cuando era niño podía venir con mi abuelo sin ningún problema. Ahora mucha gente tiene miedo y prefiere rezar en sus casas”, asegura.
Al final de los puntos de revisión hay una escalera cincelada en piedra construida por el rey Herodes hace dos mil años. Según el Génesis Abraham le pagó a Efrén 400 monedas de plata para que construyera en Hebrón una tumba para su familia. Y allí fue enterrado, según La Biblia, junto con Isaac, su nieto Jacob y su primera esposa Lea. Herodes levantó un monumento donde estaba la tumba.
Cuando los israelíes ocuparon la zona en 1967, judíos y musulmanes rezaban juntos. Pero eso se acabó. En 1994 un radical israelí, Baruch Goldstein, ametralló a 29 musulmanes que oraban en la tumba. “Por razones de seguridad” Israel instaló dispositivos de vigilancia del lado musulmán; pero los judíos entran y salen sin ser molestados.
Luego de rezar ante la tumba del patriarca, Abed debe sortear los mismos puntos de revisión para volver a su casa. Los alambres de púas proyectan sus sombras sobre la cara del palestino. “Así es siempre, vaya o no a orar”, dice resignado.
Según el Comité Israelí contra la Demolición de Casas, la ocupación de Israel viola todos los convenios de derechos humanos, pero especialmente la Cuarta Convención de Ginebra, que rechaza la ocupación permanente.
Su artículo 3 prohíbe los atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos humillantes y degradantes. El 32 proscribe cualquier maltrato a la población civil.
En 2007, el Tribunal Supremo de Israel dictaminó que los palestinos están autorizados a utilizar la calle Shuhada, pero el ejército israelí se negó a acatar la decisión. Cada noche los militares israelíes llevan a cabo “operaciones bélicas”: realizan detenciones sin órdenes judiciales, demuelen viviendas, arrancan olivos y aplican, sin avisar, toques de queda; los impusieron 377 veces entre 2000 y 2003.
Son las seis y media de la tarde y el centro de Hebrón (Al-Khalil, en árabe) es una ciudad fantasma. El relevo de los comerciantes lo toman gatos que mastican restos de comida. Los ladridos de los perros producen mucho eco. Los rines de los autos se tuercen en cada bache. Todo está tan quieto que desde la torres de vigilancia parece que los soldados espían conteniendo la respiración. Torres afiladas que perforan la neblina.
Un colono en mi casa
Raisah Musa al-Karaki tiene 52 años y es madre de 9 niños. Vive en el barrio musulmán de Jerusalén. Un testimonio recogido en el documento Espacio inseguro: el fracaso de Israel en la protección de derechos humanos, publicado por la Asociación para los Derechos Civiles en Israel en septiembre de 2010, describe cómo los israelíes se apropian de las casas palestinas.
“El 4 de febrero de 2009, los colonos (judíos) se instalaron en la casa de al lado y desde entonces nuestra vida se volvió un infierno. Compartimos un corredor con ellos, que también parte en dos mi casa. El pasillo es de aproximadamente un metro de ancho y 10 de largo, a cielo abierto. En el lado derecho están el cuarto y el sanitario. Esta habitación está junto a la casa de los colonos y la única entrada a su casa es por el mismo corredor.
“(Ahí) no vive una familia. Sólo son hombres acompañados por guardias de seguridad. Siempre están armados. Hacen mucho ruido por las noches con sus oraciones. No se les puede reclamar porque siempre buscan confrontación. El día de descanso judío (shabat) no se puede dormir ni relajarse. Pero cuando escucho el Corán en mi casa siempre me gritan para que apague la radio.
“Una vez nos cerraron la entrada al edificio. Han roto la chapa cuatro veces. He denunciado y nunca pasa nada. Ellos buscan el mínimo pretexto para pelear. Una mañana me senté con mi marido a beber café en el corredor. Uno de los colonos salió de su casa y caminó por encima de mí como si yo no estuviera. Le reclamé y en respuesta me arrojó el café a la cara.
“He presentado más de 20 quejas a la policía. La última vez me hicieron firmar un compromiso para no hablar con los colonos. Cada vez que presento una denuncia yo soy el principal sospechoso. Ellos siempre me gritan y manotean sobre la mesa. Siempre me hacen llorar.”
El proyecto: judaizar Jerusalén
En su reunión del pasado 21 de noviembre el Knesset (el parlamento israelí) aprobó una ley que prohíbe a los palestinos que viven en los territorios ocupados por Israel desde 1948 residir en zonas con mayoría judía.
En Israel viven un millón y medio de árabes no judíos, la quinta parte de su población. Y Jerusalén es sagrada para las tres religiones monoteístas más importantes del mundo: la judía, la cristiana y la musulmana, todas las cuales la reclaman como suya. Sin embargo Israel la proclamó su capital “única e indivisible” en 1967 e incluso ocupa el sector oriental, que corresponde a los palestinos.
Arabs to the gas chambers! (¡árabes a las cámaras de gas!) se lee con letras rojas en una barda del barrio de Sheik Jarrah, en Jerusalén oriental, donde las hostilidades de los colonos judíos son más visibles. Están en la misma situación las colonias de Beir Hanina, Olive Mountain, Jabel Mukaber, Shuafat, Silwan, Al Abaseya y Ras Khames.
El pasado 20 de abril, Abd al-Fatah arreglaba su bicicleta cuando los niños que jugaban por ahí empezaron a gritar. Colonos judíos le habían encajado un desarmador en la espalda al adolescente palestino. Se mofaban de él y le tomaban fotografías.
Su madre, Jamalat Mughrabi, de 33 años, se enteró de que su hijo había sido arrestado y fue a la estación de policía, donde le impidieron el paso. Lo acusaban de incitar a la violencia contra los colonos judíos. Le pidieron testigos para demostrar la inocencia de su hijo. El arresto se alargó 24 horas hasta que fue liberado por falta de pruebas. Hasta entonces pudo ir al hospital.
“Lo que realmente duele es que siempre la culpa la tienen los residentes árabes. Vamos a denunciar y la policía nos detiene. A los colonos no se les castiga, aunque sean sólo los huéspedes en nuestro barrio y no los propietarios. Esta es nuestra realidad desde que los sionistas invadieron Palestina”, asegura Jamalat, madre de cuatro niños.
Se refiere al episodio conocido como La Catástrofe (Nakba, en árabe). Cuando se creó el Estado de Israel en 1948, más de la mitad de los palestinos fueron despojados de sus hogares y se convirtieron en refugiados. En algunas paredes hay llaves dibujadas. Significan la esperanza de que algún día los palestinos regresarán a sus antiguas casas.
La ONU cedió al nuevo Estado 56% del territorio conocido históricamente como Palestina y dejó a su población original, los palestinos, con 43%.
El remedio tras la ocupación fueron los campamentos que poco a poco se convirtieron en colonias sobrepobladas. La región palestina de Cisjordania está aislada del resto del mundo por una muralla de ocho metros de alto y 750 kilómetros de largo (seis veces la extensión del muro de Berlín).
Poco antes de la creación del Estado de Israel el movimiento sionista había elegido áreas clave de todo el país para la adquisición de tierras y la colonización. Tras el establecimiento de Israel, una de esas prioridades era llevar a los judíos a ciudades y pueblos que no habían sido demolidos para garantizar que los refugiados árabes no regresaran.
Otra prioridad fue construir nuevos asentamientos judíos en las zonas que el plan de partición de la ONU habían destinado al Estado palestino. Asimismo construyeron comunidades judías para rodear y contener las zonas árabes.
También se interesaron en dirigir la colonización judía a lo largo de las fronteras. El gobierno israelí ofrece muchos incentivos para este tipo de iniciativas: préstamos con muy bajas tasas de interés para los judíos que volvieron a Israel bajo la Ley del Retorno, y beneficios y subsidios a las familias cuyos miembros han servido a las fuerzas armadas de Israel.
La Oficina de Administración de Tierras de Jerusalén realiza la transferencia de propiedades en el barrio de Silwan y la ciudad vieja de Jerusalén a los grupos de extrema derecha Elad y Ateret Cohanim a bajos precios y sin una oferta conforme a la ley, según investigación publicada el pasado 5 de noviembre en el diario israelí Haaretz.
El pasado julio, B’Tselem, grupo israelí defensor de los derechos humanos, denunció que las colonias judías ya ocupan más de 42% de Cisjordania.
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La calle principal está dividida por una cerca y si pasan al lado judío, los encarcelan; en la calle o en sus propias casas se exponen a insultos y agresiones por parte delos sionistas; si van a la mezquita deben pasar por los puestos de control del ejército de Israel. Ser palestino y vivir en Hebrón significa ser un paria, habitar un gueto en la propia patria. Cisjordania, el territorio palestino cercado y asediado por Israel, apenas puede considerarse tierra árabe. Pese a las prohibiciones de la ONU y las presiones internacionales, Israel sigue “sembrando” colonos judíos para desplazar a los palestinos.
HEBRÓN, CISJORDANIA, 5 de enero (Proceso).- Son las cuatro de la tarde y una de las calles de acceso a Hebrón, en el sur de Cisjordania, es un hervidero de autos desvencijados y ruidos: las balatas de un taxi, el pregón de un vendedor de dulces, los bocinazos impacientes. En la casa de Abed Sidr se escucha el insistente golpeteo de un balón. Afuera unos niños judíos usan su pared como portería.
Hace ocho años Abed fue herido por la bala de un colono judío. Se abre la camisa para mostrar la cicatriz arriba del corazón. La operación para sacarle el proyectil sería mortal, dice. El mismo día mataron a su esposa. Él cargaba un balde con agua mientras su mujer tendía ropa en la azotea. Un año antes los soldados israelíes habían intentado incendiar su casa. Señala los rincones manchados de tizne.
Antes los militares entraron a su vivienda y soldaron las ventanas que dan a las unidades habitacionales judías. Lo mismo hicieron en las demás casas de palestinos. Adujeron “razones de seguridad”. A veces por pequeños boquetes por los que se cuela el aire, los árabes avientan basura y orina al lado judío.
Abed comercia artesanías en Hebrón. También ofrece recorridos por la ciudad pero los turistas lo ignoran; hoy sólo ha vendido un par de llaveros y tres keffiyeh (la tradicional prenda de tela a cuadros que los palestinos usan en la cabeza y los turistas en el cuello). Abed se casó de nuevo y tuvo dos hijos. En su casa su mujer le da refresco de naranja en un biberón a Mahmud, el más pequeño de la familia.
Al acabarse su arroz con pollo, Abed mira un video del día en que el ejército de Israel cerró todos los comercios en la calle Shuhada, en 2002. “Mi hermano se enfrentó con los soldados. Entre seis lo llevaron detrás de una cortina metálica. Cuando salió estaba sangrando. Desde aquella vez no lo he visto”, cuenta.
En Shuhada estaba el principal mercado de Hebrón. Pero desde 2002 las puertas de sus 800 comercios fueron soldadas. Los uniformados declararon esa calle “zona militar estratégica” y exigieron a los palestinos desalojar el área en cinco minutos. Quien se opuso fue sacado con gas lacrimógeno y a golpes.
Ahora sólo quedan algunas banderas palestinas dibujadas en las puertas selladas. Algunas tienen pintada encima la estrella de David. Una malla ciclónica y una madeja de alambre de púas dividen la calle. Si un palestino intenta cruzar lo encarcelan seis meses.
Hebrón es la única localidad cisjordana donde los colonos judíos viven en el corazón de la ciudad. Lo que fue una primaria palestina es ahora un centro religioso para judíos. La Tumba de los Patriarcas es mitad mezquita y mitad sinagoga. Otras calles fueron divididas: por el lado más amplio caminan los judíos de gabardinas y caireles; por el más estrecho van los palestinos.
Mezquita vigilada
La Mezquita de Ibrahim (Abraham) está a pocas cuadras de la casa de Abed. A la entrada hay dos torniquetes que dan paso a un primer punto de revisión: un pasillo equipado con cámaras y detectores de armas. Abed intenta sonreírle a los soldados, pero ellos ni siquiera voltean a verlo.
“¿Católico o musulmán?”, pregunta una joven soldado con un M16 terciado a la espalda. Adopta esa pose dura que emana de todo uniforme verde olivo; Abed se concreta a sacar de su bolsillo una identificación y a contestar en hebreo, aunque su idioma es el árabe.
Abed llega a otro punto donde le solicitan de nuevo su identificación. Saca todo de sus bolsillos y pasa por unos arcos detectores de metal ajenos a la arquitectura sagrada del lugar.
El palestino tiene una sensación de extravío. “Cuando era niño podía venir con mi abuelo sin ningún problema. Ahora mucha gente tiene miedo y prefiere rezar en sus casas”, asegura.
Al final de los puntos de revisión hay una escalera cincelada en piedra construida por el rey Herodes hace dos mil años. Según el Génesis Abraham le pagó a Efrén 400 monedas de plata para que construyera en Hebrón una tumba para su familia. Y allí fue enterrado, según La Biblia, junto con Isaac, su nieto Jacob y su primera esposa Lea. Herodes levantó un monumento donde estaba la tumba.
Cuando los israelíes ocuparon la zona en 1967, judíos y musulmanes rezaban juntos. Pero eso se acabó. En 1994 un radical israelí, Baruch Goldstein, ametralló a 29 musulmanes que oraban en la tumba. “Por razones de seguridad” Israel instaló dispositivos de vigilancia del lado musulmán; pero los judíos entran y salen sin ser molestados.
Luego de rezar ante la tumba del patriarca, Abed debe sortear los mismos puntos de revisión para volver a su casa. Los alambres de púas proyectan sus sombras sobre la cara del palestino. “Así es siempre, vaya o no a orar”, dice resignado.
Según el Comité Israelí contra la Demolición de Casas, la ocupación de Israel viola todos los convenios de derechos humanos, pero especialmente la Cuarta Convención de Ginebra, que rechaza la ocupación permanente.
Su artículo 3 prohíbe los atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos humillantes y degradantes. El 32 proscribe cualquier maltrato a la población civil.
En 2007, el Tribunal Supremo de Israel dictaminó que los palestinos están autorizados a utilizar la calle Shuhada, pero el ejército israelí se negó a acatar la decisión. Cada noche los militares israelíes llevan a cabo “operaciones bélicas”: realizan detenciones sin órdenes judiciales, demuelen viviendas, arrancan olivos y aplican, sin avisar, toques de queda; los impusieron 377 veces entre 2000 y 2003.
Son las seis y media de la tarde y el centro de Hebrón (Al-Khalil, en árabe) es una ciudad fantasma. El relevo de los comerciantes lo toman gatos que mastican restos de comida. Los ladridos de los perros producen mucho eco. Los rines de los autos se tuercen en cada bache. Todo está tan quieto que desde la torres de vigilancia parece que los soldados espían conteniendo la respiración. Torres afiladas que perforan la neblina.
Un colono en mi casa
Raisah Musa al-Karaki tiene 52 años y es madre de 9 niños. Vive en el barrio musulmán de Jerusalén. Un testimonio recogido en el documento Espacio inseguro: el fracaso de Israel en la protección de derechos humanos, publicado por la Asociación para los Derechos Civiles en Israel en septiembre de 2010, describe cómo los israelíes se apropian de las casas palestinas.
“El 4 de febrero de 2009, los colonos (judíos) se instalaron en la casa de al lado y desde entonces nuestra vida se volvió un infierno. Compartimos un corredor con ellos, que también parte en dos mi casa. El pasillo es de aproximadamente un metro de ancho y 10 de largo, a cielo abierto. En el lado derecho están el cuarto y el sanitario. Esta habitación está junto a la casa de los colonos y la única entrada a su casa es por el mismo corredor.
“(Ahí) no vive una familia. Sólo son hombres acompañados por guardias de seguridad. Siempre están armados. Hacen mucho ruido por las noches con sus oraciones. No se les puede reclamar porque siempre buscan confrontación. El día de descanso judío (shabat) no se puede dormir ni relajarse. Pero cuando escucho el Corán en mi casa siempre me gritan para que apague la radio.
“Una vez nos cerraron la entrada al edificio. Han roto la chapa cuatro veces. He denunciado y nunca pasa nada. Ellos buscan el mínimo pretexto para pelear. Una mañana me senté con mi marido a beber café en el corredor. Uno de los colonos salió de su casa y caminó por encima de mí como si yo no estuviera. Le reclamé y en respuesta me arrojó el café a la cara.
“He presentado más de 20 quejas a la policía. La última vez me hicieron firmar un compromiso para no hablar con los colonos. Cada vez que presento una denuncia yo soy el principal sospechoso. Ellos siempre me gritan y manotean sobre la mesa. Siempre me hacen llorar.”
El proyecto: judaizar Jerusalén
En su reunión del pasado 21 de noviembre el Knesset (el parlamento israelí) aprobó una ley que prohíbe a los palestinos que viven en los territorios ocupados por Israel desde 1948 residir en zonas con mayoría judía.
En Israel viven un millón y medio de árabes no judíos, la quinta parte de su población. Y Jerusalén es sagrada para las tres religiones monoteístas más importantes del mundo: la judía, la cristiana y la musulmana, todas las cuales la reclaman como suya. Sin embargo Israel la proclamó su capital “única e indivisible” en 1967 e incluso ocupa el sector oriental, que corresponde a los palestinos.
Arabs to the gas chambers! (¡árabes a las cámaras de gas!) se lee con letras rojas en una barda del barrio de Sheik Jarrah, en Jerusalén oriental, donde las hostilidades de los colonos judíos son más visibles. Están en la misma situación las colonias de Beir Hanina, Olive Mountain, Jabel Mukaber, Shuafat, Silwan, Al Abaseya y Ras Khames.
El pasado 20 de abril, Abd al-Fatah arreglaba su bicicleta cuando los niños que jugaban por ahí empezaron a gritar. Colonos judíos le habían encajado un desarmador en la espalda al adolescente palestino. Se mofaban de él y le tomaban fotografías.
Su madre, Jamalat Mughrabi, de 33 años, se enteró de que su hijo había sido arrestado y fue a la estación de policía, donde le impidieron el paso. Lo acusaban de incitar a la violencia contra los colonos judíos. Le pidieron testigos para demostrar la inocencia de su hijo. El arresto se alargó 24 horas hasta que fue liberado por falta de pruebas. Hasta entonces pudo ir al hospital.
“Lo que realmente duele es que siempre la culpa la tienen los residentes árabes. Vamos a denunciar y la policía nos detiene. A los colonos no se les castiga, aunque sean sólo los huéspedes en nuestro barrio y no los propietarios. Esta es nuestra realidad desde que los sionistas invadieron Palestina”, asegura Jamalat, madre de cuatro niños.
Se refiere al episodio conocido como La Catástrofe (Nakba, en árabe). Cuando se creó el Estado de Israel en 1948, más de la mitad de los palestinos fueron despojados de sus hogares y se convirtieron en refugiados. En algunas paredes hay llaves dibujadas. Significan la esperanza de que algún día los palestinos regresarán a sus antiguas casas.
La ONU cedió al nuevo Estado 56% del territorio conocido históricamente como Palestina y dejó a su población original, los palestinos, con 43%.
El remedio tras la ocupación fueron los campamentos que poco a poco se convirtieron en colonias sobrepobladas. La región palestina de Cisjordania está aislada del resto del mundo por una muralla de ocho metros de alto y 750 kilómetros de largo (seis veces la extensión del muro de Berlín).
Poco antes de la creación del Estado de Israel el movimiento sionista había elegido áreas clave de todo el país para la adquisición de tierras y la colonización. Tras el establecimiento de Israel, una de esas prioridades era llevar a los judíos a ciudades y pueblos que no habían sido demolidos para garantizar que los refugiados árabes no regresaran.
Otra prioridad fue construir nuevos asentamientos judíos en las zonas que el plan de partición de la ONU habían destinado al Estado palestino. Asimismo construyeron comunidades judías para rodear y contener las zonas árabes.
También se interesaron en dirigir la colonización judía a lo largo de las fronteras. El gobierno israelí ofrece muchos incentivos para este tipo de iniciativas: préstamos con muy bajas tasas de interés para los judíos que volvieron a Israel bajo la Ley del Retorno, y beneficios y subsidios a las familias cuyos miembros han servido a las fuerzas armadas de Israel.
La Oficina de Administración de Tierras de Jerusalén realiza la transferencia de propiedades en el barrio de Silwan y la ciudad vieja de Jerusalén a los grupos de extrema derecha Elad y Ateret Cohanim a bajos precios y sin una oferta conforme a la ley, según investigación publicada el pasado 5 de noviembre en el diario israelí Haaretz.
El pasado julio, B’Tselem, grupo israelí defensor de los derechos humanos, denunció que las colonias judías ya ocupan más de 42% de Cisjordania.
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miércoles, 5 de enero de 2011
Mexicanos consideran “peligrosos" a científicos
En la investigación sobre percepción pública de la ciencia y la tecnología, se concluye que los mexicanos confían “demasiado en la fe y muy poco en la ciencia”. “Ignorancia” en materia de ciencia refleja fallas educativas, alerta senador
Nurit Martínez | El Universal
La mitad de los mexicanos considera que los científicos son peligrosos para el país. Por ello, ante la presencia de enfermedades que la ciencia no reconoce, más de una tercera parte de la población dice que hay otros medios adecuados, como las limpias, la homeopatía y la acupuntura.
El nivel cultural, educativo y de conocimiento científico que tienen los mexicanos hace que casi 38% afirme que algunos de los ovnis (objetos voladores no identificados) que “se han reportado, son en realidad vehículos espaciales de otras civilizaciones”, o bien, confían en “los números de la suerte” y aceptan que “algunas personas poseen poderes síquicos”.
De acuerdo con la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México 2009, que elaboraron el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 83.6% de los mexicanos reconocen que “confiamos demasiado en la fe y muy poco en la ciencia”.
La encuesta, que se aplica anualmente, concluye que 57.5% de los mexicanos considera que “debido a sus conocimientos, los investigadores científicos tienen un poder que los hace peligrosos”.
Una cifra semejante dijo que el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir “artificial y deshumanizada”.
El presidente de la Comisión de Ciencia del Senado de la República, Francisco Castellón Fonseca, afirmó que esta percepción en torno a las aportaciones de la ciencia para el bienestar de la población refleja que hay “una falla estructural en el sistema educativo del país”.
El legislador advirtió que a pesar de que esta idea es permanente, hasta ahora el sistema educativo “no tiene una estrategia para revertir que se privilegie el pensamiento mágico sobre el lógico y científico”.
Desarrollo nacional, estancado
Rosaura Ruiz, directora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias, afirma que “no es posible que ante los avances tecnológicos y de la ciencia que nos brinda el siglo XXI, en México, la población tenga como opciones, para resolver sus problemas, a los horóscopos, la magia, los números de la suerte, la lectura del café, o a señoras que salen en la televisión o brindan sus servicios por teléfono para resolver lo mismo problemas de amor que de empleo o salud. Esto puede causar risa, pero es desesperante y grave para el desarrollo nacional”.
La académica coincidió con el senador Castellón Fonseca al asegurar que esta concepción de los mexicanos sobre lo que es la ciencia es resultado de las “fallas del sistema educativo” y que se reflejan en los bajos resultados que se obtienen en las pruebas internacionales, como la que aplica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
En los resultados de la encuesta son los consultados quienes se atribuyen, en promedio, conocimientos “regulares” sobre contaminación, calentamiento global, los alimentos modificados genéticamente, las medicinas que son producto de la ingeniería genética, la nanotecnología y los motores de energía por celdas.
Del total, 60% de los consultados se pronunció en contra de la clonación de animales.
A pesar de todas esas consideraciones, 77.6% dice que en México debería haber más personas trabajando en áreas de investigación, y que los mejores científicos se han ido a Estados Unidos o Europa.
De los consultados por Conacyt e INEGI, 82% comentó que entre una y 24 horas a la semana ve televisión, 47.4% que no lee periódicos, 66.9% que escucha menos de ocho horas las noticias, y 56.9% que tiene acceso a internet.
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Nurit Martínez | El Universal
La mitad de los mexicanos considera que los científicos son peligrosos para el país. Por ello, ante la presencia de enfermedades que la ciencia no reconoce, más de una tercera parte de la población dice que hay otros medios adecuados, como las limpias, la homeopatía y la acupuntura.
El nivel cultural, educativo y de conocimiento científico que tienen los mexicanos hace que casi 38% afirme que algunos de los ovnis (objetos voladores no identificados) que “se han reportado, son en realidad vehículos espaciales de otras civilizaciones”, o bien, confían en “los números de la suerte” y aceptan que “algunas personas poseen poderes síquicos”.
De acuerdo con la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México 2009, que elaboraron el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 83.6% de los mexicanos reconocen que “confiamos demasiado en la fe y muy poco en la ciencia”.
La encuesta, que se aplica anualmente, concluye que 57.5% de los mexicanos considera que “debido a sus conocimientos, los investigadores científicos tienen un poder que los hace peligrosos”.
Una cifra semejante dijo que el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir “artificial y deshumanizada”.
El presidente de la Comisión de Ciencia del Senado de la República, Francisco Castellón Fonseca, afirmó que esta percepción en torno a las aportaciones de la ciencia para el bienestar de la población refleja que hay “una falla estructural en el sistema educativo del país”.
El legislador advirtió que a pesar de que esta idea es permanente, hasta ahora el sistema educativo “no tiene una estrategia para revertir que se privilegie el pensamiento mágico sobre el lógico y científico”.
Desarrollo nacional, estancado
Rosaura Ruiz, directora de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias, afirma que “no es posible que ante los avances tecnológicos y de la ciencia que nos brinda el siglo XXI, en México, la población tenga como opciones, para resolver sus problemas, a los horóscopos, la magia, los números de la suerte, la lectura del café, o a señoras que salen en la televisión o brindan sus servicios por teléfono para resolver lo mismo problemas de amor que de empleo o salud. Esto puede causar risa, pero es desesperante y grave para el desarrollo nacional”.
La académica coincidió con el senador Castellón Fonseca al asegurar que esta concepción de los mexicanos sobre lo que es la ciencia es resultado de las “fallas del sistema educativo” y que se reflejan en los bajos resultados que se obtienen en las pruebas internacionales, como la que aplica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
En los resultados de la encuesta son los consultados quienes se atribuyen, en promedio, conocimientos “regulares” sobre contaminación, calentamiento global, los alimentos modificados genéticamente, las medicinas que son producto de la ingeniería genética, la nanotecnología y los motores de energía por celdas.
Del total, 60% de los consultados se pronunció en contra de la clonación de animales.
A pesar de todas esas consideraciones, 77.6% dice que en México debería haber más personas trabajando en áreas de investigación, y que los mejores científicos se han ido a Estados Unidos o Europa.
De los consultados por Conacyt e INEGI, 82% comentó que entre una y 24 horas a la semana ve televisión, 47.4% que no lee periódicos, 66.9% que escucha menos de ocho horas las noticias, y 56.9% que tiene acceso a internet.
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